Por el todo o nada

Qué mérito del PRI haberse reagrupado en apenas doce años y haber convencido de ser ¡el nuevo PRI¡ Qué demérito del PRI haber frustrado la inapreciable ocasión de confirmar lo propuesto.

Hoy, a 113 días de las elecciones, el gobierno priista entrevé el muy factible riesgo de perder la Presidencia de la República, algunas gubernaturas, mayoría en el Congreso y otras posiciones más. ¿Cómo evitarlo, qué hacer? ¿Cómo aplicar el poder para no perderlo, sin transigir  en arriesgadas medidas de pánico? ¿Qué estrategias de convencimiento implementar para que lo bueno se cuente, porque cuenta mucho?

José Antonio Meade se presenta como el candidato con mayor, aprobada y comprobada, experiencia en distintas secretarías de Estado, hombre probo, de preciados valores familiares y morales. Sin embargo, Meade enfrenta el enorme desafío, además de darse a conocer masivamente, de superar con su propio prestigio el desprestigio del partido que representa, el PRI.

Meade habrá de deslindarse por sus propios méritos, sin entrar en reyertas ni confrontaciones directas con sus adversarios, persuadiendo al electorado con razonamientos sólidos y promesas factibles, en un plano de estadista. No le queda ofrecer “un México más chingón”.

La dirigencia del partido tricolor ha emprendido —buscando consolidarse en segundo sitio— la osada estrategia de irse en lo personal contra el candidato de la coalición PAN-PRD-MC, Por México al Frente, Ricardo Anaya, justamente por un asunto de corrupción, materia en la que el PRI tiene maestría y doctorado.

Entre los hipotéticos escenarios resultantes del fiero ataque contra Anaya surge la posibilidad de que éste acredite documentos probatorios de su inocencia —si los tiene, se ha tardado— lo que en automático revertiría la acusación en contra del PRI proyectando la figura del candidato frentista. Basta recordar el frustrado intento de desafuero contra López Obrador.

Sin embargo, Ricardo Anaya ha reaccionado virulento en osada y arriesgada arremetida contra el Presidente de la República. “Le digo con respeto, serenidad y firmeza: ‘ASÍ NO’, saque las manos del proceso electoral y deje que el pueblo de México elija en su completa libertad”.

Anaya, además, anticipó la creación de una comisión de la verdad para investigar los señalamientos de corrupción hacia el gobierno de Enrique Peña Nieto. El presidente Peña, lacónico, respondió: “La única participación que tendré en este proceso electoral será el primero de julio, cuando vaya a ejercer mi derecho a votar”.

En represalia y por estar a tono, la bancada panista en la Cámara de Diputados inculpó a José Antonio Meade de haber estado involucrado durante su gestión al frente de la Sedesol en el desvío de recursos públicos por alrededor de 532 millones de pesos.

Ciertamente, la pre y la intercampaña se han caracterizado porque los tres aspirantes se inculpan de corruptos. En cada oportunidad, el de la voz se lanza contra algún rival por corrupto.

En esta colisión en torno a la corrupción entre aspirantes presidenciales llegamos al umbral de las definitivas campañas, por el todo o nada.

José Antonio Meade lleva sobre sus hombros la permanencia del PRI en el poder y posiblemente como competitiva institución política.

Ricardo Anaya, confrontado con propios y ajenos, fracturó la cúpula del PAN y desbarrancó a la aventajada Margarita Zavala en pos de su propia candidatura.

Andrés Manuel López Obrador alardea que la tercera es la vencida, más bien sería la vencedora ,y de no ser así, sería la tercera y última.

Meade, en lo suyo, se manifiesta por cortar el cordón umbilical que une al Ejecutivo con el Ministerio Público, dándole total autonomía al mismo, dispuesto a ser llamado a cuentas en caso de fallar como Presidente de la República. Asimismo, el aspirante priista se pronuncia por evitar que el sector inmobiliario funja como refugio de funcionarios corruptos.

Anaya, a su vez, ofrece crear una fiscalía general verdaderamente autónoma con autoridad para sancionar al Presidente de la República: “Basta ya de intocables en nuestro país, tenemos que acabar con la impunidad”.

El aspirante frentista se dice convencido de la urgencia de simplificar trámites administrativos donde la corrupción impera en cada gestión. Anaya ofrece combatir la inseguridad, el contrabando, la piratería y la informalidad, propiciando así una competencia sana y justa.

López Obrador se muestra dispuesto a permitir que el Ejecutivo Federal sea juzgado, ofrece quitar fueros y privilegios y elaborar una reforma fiscal que erradique extorsiones y mordidas.

Concluye AMLO con una tranquilizante noticia: “No tengan duda ni temor, no me voy a reelegir como Presidente de la República”.

Para uno de los tres, todo. Para los otros dos, nada.

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