Precandidatos, ¿preparados?

Último año sexenal, el de la evaluación —el del juicio es el séptimo—, año de reacomodos y deserciones entre los cercanos colaboradores presidenciales, año electoral que definirá el curso de la nación a partir del próximo diciembre.

Sabemos de entre quiénes surgirá el próximo Presidente de la República, en un contexto en que la confrontación de las ideas pasa a segundo término, predominando las injurias, imputaciones y descalificaciones surgidas apenas iniciadas las absurdamente nombradas precampañas. Y si acaso alguno de los aspirantes, presa de la emoción original de su primer discurso, pretendió realizar una campaña de propuestas, y soluciones, el cúmulo de provocaciones finalmente lo atrapó. El precandidato Meade, refiriéndose al gobernador Corral: “Vemos en el país, por primera vez en muchos años, a un gobernador que tortura, a un gobernador que engaña”.

Ante la sucesión de promesas expuestas por los distintos aspirantes que solicitan nuestro voto, relacionadas con abatir corrupción, violencia, inseguridad y pobreza, con tener acceso gratuito y prácticamente ilimitado a la educación superior proporcionando becas, además de estímulos económicos, con derecho a una vitalicia pensión universal, etcétera, surge la siguiente duda: si tanta ventura es factible, ¿por qué hasta ahora ningún gobernante nos ha concedido tal magnificencia?

Apartémonos del fantasioso mundo del delirio echando un vistazo al mundo real: de acuerdo a la calificadora Moody’s Investors Service, la creciente popularidad de los candidatos que ofrecen ostensibles cambios en las políticas imperantes, corren el inminente riesgo de frenar y hasta de revertir las reformas estructurales implementadas en años recientes, en la medida en que, avanzando el proceso electoral, irá aumentando la incertidumbre en cuanto a la factibilidad de que las anunciadas transformaciones pudieran llegar a concretarse. El riesgo de no proseguir con las reformas económicas se acentúa, primordialmente en el aperturado sector energético a la inversión privada, en el cada vez más competido sector de telecomunicaciones, en la inquietud sobre las políticas crediticias por establecer y, preponderantemente, en la reversión de la avanzada Reforma Educativa. La evidente polarizada elección intensifica la desconfianza del inversionista, de los negocios, así como de los consumidores.

A lo asentado debe agregarse el incierto panorama en torno al TLCAN que, de abortar Estados Unidos la renegociación, el impacto que resentiríamos en México derivaría en una menor inversión, lo que, entre otras consecuencias, debilitaría el valor de nuestra moneda.

El secretario general de la OCDE, José Ángel Gurría, remarcó que el gobierno mexicano debe dar señales a la inversión internacional y al mundo de que el proyecto del Nuevo Aeropuerto Internacional de México es irreversible y que, por supuesto, será concluido. En este cometido no podemos fallar, la imagen de México está de por medio, el prestigio del proyecto y la confianza en nuestras autoridades… “es el proyecto transexenal más importante jamás emprendido”. Para este megaproyecto, cuya primera etapa estará terminada para fines de 2020, esperando que las primeras dos de tres pistas, así como el edificio terminal sean concluidos antes de que finalice el presente año, se ha licitado ya el 73% de la obra, la cual tendrá un costo total de 186 mil millones de pesos, siendo que para el presente 2018 serán ejecutadas obras por 70 mil millones de pesos, generando 100 mil empleos. El aventajado candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador ha reiterado su determinación de que, de imponerse en las próximas elecciones, dará marcha atrás al proyecto del aeropuerto internacional en construcción. Pregunto: ¿va López Obrador a destruir lo edificado, a cancelar los compromisos contraídos, a perder los miles de millones ya invertidos?, ¿es posible, sensato, honorable y conveniente rajarse a estas alturas, y a qué costo? El inversionista se pregunta, ¿de llegar AMLO al poder, respetará a las instituciones o, como ya lo alertó en algún momento, las mandaría al diablo?

La conducción de un país no puede ni debe someterse a ocurrencias o a buenas intenciones, a cada acción corresponde una reacción, parece de Perogrullo, pero para que haya egresos tiene que haber ingresos previos o, de lo contrario, pedir prestado. Resulta apremiante que cada candidato explique el “cómo”, el “qué” es insuficiente. Pugnemos por debates a la altura de la posición a la que aspiran los candidatos presidenciales que se sienten preparados para dirigir el destino de aproximadamente 125 millones de mexicanos, de los cuáles más de la mitad son jóvenes con menos de 29 años.

Temas: