Carrera contra el tiempo

En tanto el engreído Donald Trump lanza punzantes dardos cibernéticos a diestra y siniestra, discretamente 
el fiscal especial Robert Mueller se aboca a resolver el enigma sobre la injerencia rusa 
en las elecciones presidenciales 
de 2016 en Estados Unidos.

La legitimidad del inquilino de la Casa Blanca queda en duda luego de darse por hecho que Rusia husmeó en las pasadas elecciones de 2016 a su favor, ¿hasta qué grado?, ¿hasta invertir el resultado presidencial?, ¿hasta dónde están implicados cercanos colaboradores del Ejecutivo?, ¿Donald Trump podría ser destituido?

Posiblemente Hillary Clinton le picó la cresta a Vladimir Putin en diciembre de 2011, cuando, siendo secretaria de Estado, divulgó que las elecciones parlamentarias rusas habían sido fraudulentas, incitando a la protesta ciudadana, revelación que produjo las manifestaciones más numerosas desde la caída de la URSS. En julio 2015, las agencias de inteligencia de Estados Unidos detectaron un hackeo ruso en las computadoras de los partidos Demócrata y Republicano, situación a la cual entonces no le concedieron mayor importancia. En julio de 2016, el Comité Nacional del Partido Demócrata reveló haber sido víctima de un hackeo masivo a las cuentas de Hillary Clinton y del responsable de su campaña, John Podesta. A los pocos días, una cuenta vinculada a la Dirección de Inteligencia rusa filtró por WikiLeaks miles de documentos sensibles, tales como la estrategia electoral contra Donald Trump, un análisis sobre las vulnerabilidades de Hillary Clinton e información personal sobre los donantes del Partido Demócrata. El entonces director de la CIA, John O. Brennan, se le fue directo a Putin: “Su intromisión traerá consecuencias”.

A lo largo de la campaña de Trump se produjeron diversos encuentros entre allegados del candidato republicano, como es el caso del actual procurador Jeff Sessions, con el embajador ruso en Estados Unidos, Serguéi Kislyak, quien, por cierto, se reunió, siendo ya electo Trump, en las torres que llevan su nombre en Nueva York, con el futuro asesor de seguridad nacional, Michael Flynn, y con el yerno cómodo, Jared Kushner, mismo que le propuso al embajador ruso crear un canal de comunicación secreto con Putin. Posteriormente, Kislyak reunió a Kushner con Sergei Gorkov, vinculado a los servicios secretos rusos y allegado a Putin.

En enero de 2017, las 17 agencias de inteligencia de Estados Unidos publicaron un informe acusando a Rusia de haber orquestado una campaña de descrédito contra Hillary Clinton. Desde entonces, Trump ha sido señalado por tratar de entorpecer la labor de dichas agencias, como es el haber exigido lealtad a los distintos funcionarios, so pena de perder sus trabajos. Ejemplo: James Comey, director del FBI, a quien Trump desplazó el pasado junio.

Al respecto ha habido consecuencias, Michael Flynn, asesor de seguridad presidencial, se vio obligado a renunciar por haberle mentido al vicepresidente Mike Pence sobre sus relaciones con Rusia. Paul Manafort, exjefe de la campaña de Donald Trump, junto con su socio, Rick Gates, fueron inculpados por el gran jurado por 12 cargos distintos, principalmente por haber actuado como agentes extranjeros no registrados a favor de intereses ucranianos y por ejecutar movimientos financieros por decenas de millones de dólares, canalizados en cuentas offshore; ambos inculpados están bajo arresto domiciliario. George Papadopoulos, asesor de política exterior de la campaña de Trump, se declaró culpable por mentirle al FBI, reconociendo haber sostenido reuniones con funcionarios rusos que ofrecían información sucia sobre Hillary Clinton. Al respecto, Trump declaró que los cargos contra Manafort corresponden a hechos anteriores a la campaña. A Papadopoulos, Trump lo tachó de mentiroso. “¿Por qué la corrupta de Hillary y los demócratas no son el objetivo?”.

Esperemos que Donald Trump no interfiera en las investigaciones del fiscal Mueller, de hacerlo, podría incurrir en el camino sin retorno que emprendió Richard Nixon, cuando ordenó a su fiscal general, Elliot Richardson, despedir al fiscal especial para el caso Watergate, Archibald Cox. Richardson se negó y dimitió, el fiscal adjunto igualmente se negó a cumplir tal encomienda e igualmente dimitió, hasta que el abogado general, Robert Borg, ejecutó la orden presidencial. Esta acción fue el principio del fin, Nixon se vio obligado a entregar las comprometedoras grabaciones en su poder, terminando por renunciar antes de ser destituido.

El fiscal Mueller avanza firmemente, la preocupación cunde por los pasillos de la Casa Blanca, cuyas paredes se acercan entre sí. En esta carrera contra el tiempo, la interrogante es si Donald Trump cumplirá con su mandato de cuatro años.

Atrayente argumento para Netflix, más realista e intenso que House of Cards.

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