Enmendar la segunda enmienda

Los estragos ocasionados por la naturaleza languidecen ante los infligidos por el homo sapiens —hombre sabio— quien suele conducirse como homo stultus
—hombre tonto—. A través de la historia, el hombre se ha enfrentado al hombre, por motivos de religión, por abusos del poder, por ambiciones desmedidas o simplemente por un absurdo ¡porque sí!

La indiscriminada masacre del pasado domingo en Las Vegas, donde un solo individuo, desde la ventana de su habitación de hotel, portando consigo 23 armas, 12 de ellas convertidas en automáticas, para así alcanzar a  disparar ráfagas ininterrumpidamente entre 9 y 11 minutos seguidos, mató a 59 -hasta el momento- festivos asistentes a un concierto de música country al aire libre, dejando heridos a otros 529 asistentes, es decir, un sicópata truncó el destino de centenas de personas ¿y por qué? pues ¡porque sí!

Lo terrible es que esta índole de salvajadas se viene repitiendo una y otra vez, principalmente, en campus universitarios, escuelas de distinto nivel o en masivos eventos públicos, teniendo invariablemente como colofón la consabida cantaleta a cargo del inquilino en turno de la Casa Blanca: “Nuestras plegarias están con las víctimas y sus desconsoladas familias”. ¿Y? Lo inaudito es que no se hayan aplicado las imperiosas resoluciones para impedir que cualquier hijo de vecino pueda armarse hasta los dientes. Sorprende enterarse que en los últimos 50 años, en la Unión Americana han muerto más de 1 millón y medio de personas por armas de fuego.

La segunda enmienda forma parte de la Carta de Derechos de los Estados Unidos, aprobada en 1791, la cual establece: “Siendo necesaria una milicia bien ordenada para la seguridad de un Estado libre, el derecho del pueblo a poseer y aportar armas no será infringido”. Fue el demócrata Bill Clinton quien pudo establecer límites más rigurosos a la venta de armas largas y de asalto, lamentablemente, su sucesor, el republicano George Bush, echó para atrás tales límites. En junio de 2010 el Tribunal Supremo sentenció que ninguna autoridad puede restringir el derecho supremo de los ciudadanos a poseer o portar armas. En su oportunidad, Barack Obama intentó reiteradamente, sin éxito, limitar el acceso de los estadunidenses a las armas de fuego.

La poderosa Asociación Nacional del Rifle, fundada en 1871, con 5 millones de socios, incondicional y definitivo soporte de Donald Trump en su campaña presidencial —aportaron 30 millones de dólares— recibió a éste en su foro anual, en abril pasado, en su carácter de Presidente de los EU, situación que no se había dado desde la visita de Ronald Reagan en 1983. Allí Trump se declaró públicamente amigo de los defensores de la segunda enmienda, posicionándose como garante de la libertad de tener y llevar armas, “Como Presidente, jamás, jamás, interferiré con el derecho del pueblo a portar armas”. El hecho es que existen en EU más de 65 mil establecimientos vendedores de armas, más sitios que la suma de todos los McDonalds y Starbucks juntos. Dato duro: nueve armas por cada diez habitantes. En el presente 2017 se han registrado en EU 273 tiroteos masivos, con un saldo de 345 muertos y mil 581 heridos. En tanto Trump evade tratar el tema de la violencia de las armas, la portavoz de la Presidencia ha declarado que éste no es el momento para debatir sobre el control de armas. Entonces ¿cuándo?

La fácil adquisición de armas en Estados Unidos repercute en México, el 70% de armas incautadas en nuestro país proviene de la frontera norte, factor decisivo del creciente número de muertes violentas en la última década. La PGR calculó que diariamente son introducidas unas 2 mil armas de manera ilegal de Estados Unidos a México. Además, 2 de cada 3 armas involucradas en hechos criminales en México han sido fabricadas o importadas legalmente de Estados Unidos.

Hemos ido perdiendo gradualmente la capacidad de asombro y reflexión; a diario nos enteramos de muertes absurdas a causa de situaciones de violencia, sin mostrar la menor aflicción, las víctimas simplemente significan un número más para la estadística.

Trump, en el azotado Puerto Rico: “¿Cuál fue su conteo de muertos del huracán María?, pueden estar muy orgullosos, sólo 16 frente a los miles de Katrina”. Le pregunto a Mr. Trump, ¿y si alguno de los 16 fuese su pariente directo, persistiría el orgullo?

Después de todo, probablemente no resultaría tan mala idea levantar el muro fronterizo de Trump.

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