Conmoción

Jamás imaginé redactar el presente editorial, cuyos caracteres convergen con el tono del neblumo que se avizora en el horizonte. Desde niño supe y de cerca sentí el apocalipsis de un pueblo perseguido por las contaminantes ideas de un xenófobo racista, conductor de masas, obsesionado con el predominio de la llamada raza aria.

Adolfo Hitler, febrero de 1933: “La hora del pueblo alemán vuelve en sí, nuevamente a ser dueño de su propio destino y se levanta, no por donación del mundo, por gracia de nuestros enemigos, sino por su propia fuerza, por su propia voluntad, por su propia acción”.

Donald Trump, junio de 2015: “Cuando México nos envía a su gente, no manda a los mejores… envía a gente con un montón de problemas y traen sus problemas con ellos. Traen droga. Traen crimen. Son violadores”. Trump prometió levantar un muro fronterizo con México, “Haré que México pague… México está ahogando económicamente a Estados Unidos… México no es nuestro amigo… Estados Unidos se ha convertido en el basurero de todos los problemas de los demás”.

Trump predicó en el momento propicio en tierra fértil, tierra poblada principalmente por anglosajones de instrucción media, tanto del Oeste Medio como del sur de Florida, inconformes ciudadanos que encontraron en el discurso del omnipotente republicano la justificación por la cual tan difícil les ha sido prosperar; responsables de su frustración son aquellos inmigrantes trabajadores ilegales que han ocupado los puestos que a ellos correspondían, responsables también son los empresarios que instalaron plantas en países con mano de obra más barata. De entrada el populista discurso podría convencer, en la práctica dichos argumentos son rebatibles, nadie le quita trabajo a nadie, oportunidades sobran, por otro lado, ¿cuántas plantas extranjeras operan en EU?, así opera la globalización.

Posiblemente no sean mera coincidencia los sorprendentes resultados de recientes procesos plebiscitarios, tales como el Brexit, la aceptación de la paz en Colombia y ahora las elecciones en Estados Unidos, habiendo sido Hillary Clinton la candidata puntera de principio a fin, cuando de la nada surgió el contundente nocaut, ¡Ganó Trump! Vaya schook.

¿Qué sucedió? Obviamente no fue cuantificado el voto oculto, además de que las encuestadoras lejos están de ser la panacea. Estas “investigadoras” funcionan similar a cuando se anticipa el sexo de un bebé por nacer, o es niño o es niña, pero cuando se le atina, es debido a profundos y científicos algoritmos, y eso cuesta.

Sin duda prevalece un extendido descontento ciudadano a nivel global, básicamente ningún gobierno cumple sus promesas de campaña, cunde la incompetencia, la rampante corrupción, inseguridad, terrorismo, guerras, éxodos, refugiados, desempleo, raquítico crecimiento económico. Todo ello ha fomentado un rotundo y compartido rechazo a lo establecido, lo que procede es votar en contra, sin meditar si la contra es mejor o peor, no importa, el objetivo es no votar por más de lo mismo.

No nos vayamos con la finta, Donald Trump actúa por impulso, ¿por qué cambiar el discurso y el tono que lo llevará a la Casa Blanca? Seguirá siendo bravucón e impertinente, será un petulante demagogo dictando ucases urbi et orbi desde la oficina oval. Escuchemos que Estados Unidos es un negocio, con intereses, no con amigos. El desafío es vencer o ser vencido. De entrada, Trump buscará reabrir las discusiones sobre el TLCAN y retirarse del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, corregir abusos comerciales que injustamente afecten a trabajadores estadunidenses, así como cancelar la millonaria aportación que EU destina a programas de cambio climático de la ONU y sin dilación darle forma a la cruzada contra México. En la práctica Trump confirmará —de acuerdo con Carlos Slim— que no es igual ser borracho que cantinero.

No queda espacio para lamentaciones, la mayoría electoral —no el voto individual— se decidió por Trump cuyo previsible estilo personal de gobernar augura pleitos y rencillas, discusiones e imposiciones imperiales.

Auguro que Trump a lo largo —podría ser el doble— de 1460 días irá abollando la investidura y dignidad de la figura presidencial del país prototipo de las oportunidades, más no de la democracia, porque nuevamente el candidato más votado ha perdido las elecciones presidenciales.

Nosotros en México no tenemos ya margen de error, hemos de utilizar inteligente y honestamente las fichas que nos quedan, ya no hay espacio para Duartes.

En lo personal me siento frustrado como analista y sigo sin comprender cómo la historia tiende a repetirse.

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