Una patología política
Frente a la injuria y el agravio, los gobernantes pueden encasillarse en cuatro nichos básicos. El primero es el de aquellos a los que les molesta que los critiquen. El segundo conjunto ya se instala en la patología síquica y se refiere a los ultrajes imaginarios. En un tercer grupo están aquellos a los que no les interesa lo que digan sobre ellos.
Hace algunos días, un amigo me comentó que al actual Presidente de México le gusta que lo denosten y lo denigren. Tomé su comentario con mucha cautela, toda vez que el susodicho dicente no es ni amigo personal ni interlocutor íntimo y ni siquiera conoce la oficina del mandatario mexicano.
Más tarde, recordé ese comentario durante los diez minutos que suelo tardar en conciliar el sueño. Me quedó en claro que, frente a la injuria y el agravio, los gobernantes pueden encasillarse en cuatro nichos básicos.
El primero es el de aquellos a los que les molesta que los critiquen. Podríamos decir que estos gozan de plena salud síquica. Habrá algunos que reaccionan sin la debida proporción. Díaz Ordaz reprimía. López Portillo expropiaba. Álvaro Obregón mataba.
Pero casi todos los demás fueron tolerantes y prudentes. Echeverría aguantaba. López Mateos sonreía. Vicente Fox se reía. Enrique Peña se la tragaba. Todos los demás sobrellevaron los chistes y las caricaturas para, con la tecnología actual, pasar a los memes y a los #hashtags.
El segundo conjunto ya se instala en la patología síquica y se refiere a los ultrajes imaginarios. Muchos seres pueden perdonar las ofensas que les hicimos, pero casi nadie nos perdona de las ofensas que creen que les hicimos. No sé qué cosa tan grave hicieron los estudiantes en el 68 o los banqueros en el 82. Y es claro que Francisco Serrano no hizo nada para que le costara la vida.
En un tercer grupo están aquellos a los que no les interesa lo que digan sobre ellos, así sea bueno o sea malo. Ésta es una especie muy peligrosa. Es indicativo de un profundo menosprecio para sus gobernados. Ni los veo ni los oigo.
A este grupo han pertenecido los Somoza, los Batista, los Trujillo y muchos gorilas de todos los continentes. Es peligrosa porque la opinión pública puede funcionar como un refreno para los abusos del gobernante. Pero cuando el cinismo oficial llega a la desmesura, se pierde esa última brida de contención.
Por último, en un cuarto grupo, se encuentran aquellos a los que les gusta la crítica adversa. Éste sería un grupo enfermizo que padecería una especie de masoquismo descomunal. No es como al gobernante que le desagrada la opinión adversa o donde al gobernante le tiene sin cuidado. Unos la repelen y otros la ignoran.
Pero este grupo de aquellos que la disfrutan casi me parece inverosímil. Ni siquiera he conocido a alguien de esta clasificación y, por lo tanto, la considero meramente teórica. Yo no conozco al actual Presidente de México. Pero no le advierto nada que me permitiera suponerlo fuera de sus cabales.
Al hombre que encontrara algún placer en las mentadas adversarias podría compararse con aquel manchego ficticio cuya extraordinaria locuacidad lo llevó a afirmar que, si los perros ladraban, era porque cabalgaban él y su escudero.
Y, aquí, de vuelta a la sicopatología. Alonso Quijano es el supremo ejemplo literario de la alienación, en mucho admirable, pero tristemente conmovedora.
Hay algo similar que podría parecer un placer, pero que, en realidad, es una estrategia. Hace años, un presidente de Estados Unidos solicitó al presidente de México que lo criticara fuertemente en un discurso. El mandatario vecino estaba siendo molestado por su Congreso, sobre supuestos consentimientos injustificables hacia México. Necesitaba una mentada mexicana para que sus congresistas creyeran que estábamos enojados y que él era un big-sticker.
Así, en estos días, nuestros enojos mexicanos le sirven a Donald Trump para que sus seguidores crean que su líder nos está dañando mucho, aunque no nos haya hecho nada. En realidad, a quienes ha dañado es a sus propios paisanos con sus presupuestos murales, con sus sobreprecios de maquiladoras y con sus abusos constitucionales. Pero él sabe que, cada vez que lo injuriamos, lo estamos acercando a su reelección. Pero esto, cuando mucho, es logística, pero no disfrute.
En fin, creo que mi amigo está equivocado al creer que nuestro Presidente disfruta de la injuria. Ojalá que no llegue el día en que, por complacerlo, se meta en un callejón sin salida.
