La solicitud para la extradición de Rubén “N” y otros ha dado para pronunciar muchos discursos en ambas naciones, para sazonar muchas sobremesas y para que muchos abogados lo analicemos con seriedad. Quizá los más confundidos seamos los espectadores y no los actores.
En lo político, no me queda claro si los gobiernos acertaron o marraron. Puede ser que el inevitable encontronazo sea muy deliberado. Los estadunidenses no son ingenuos. Sabían que el actual gobierno mexicano no entregaría a sus “hermanos” (sic dixit AMLO). Por lo tanto, que eso los llevaría a un conflicto binacional.
Porque también creo que el presidente Donald Trump casi siempre busca el conflicto como un espacio en el que logra un mayor éxito. Sus razones son inteligentes y son muchas, pero me quedo con una sola. Él se ve mejor como provocador que como pacificador. Su imagen, su actitud y su discurso de pacifista, de cooperador o de amigo casi nadie se lo cree, pero la postura de la amenaza y de la bravata sí se la creemos todos.
En lo que concierne a lo jurídico, no me queda en claro si el gobierno mexicano se ha equivocado por mal conocimiento, por mal asesoramiento o por mal aconsejamiento. Pero quizá también busque un conflicto deliberado.
Por otra parte, con este affaire los abogados hemos descubierto mucho “mar de fondo” que no tiene caso ventilar; primero, porque sería aburrido y, segundo, porque no somos los abogados de ninguno de los gobiernos involucrados, ni ellos nos han pedido nuestras recetas ni tenemos por qué dárselas.
El discurso del gobierno mexicano se refiere a pruebas judiciales como si confundiera el Tratado de Extradición (TE) con el Tratado de Asistencia Jurídica (TAJ). Esto requiere de una mínima explicación jurídica.
Para comenzar, esos tratados tienen tal asimetría jurídica como la asimetría tecnológica que pueda existir entre una motoneta de reparto y una aeronave espacial. El TE es muy elemental, mientras que el TAJ es muy elaborado. Baste decir que la celebración de éste nos llevó 13 años de elaboración y negociación entre abogados y funcionarios de ambos países.
El TE es un tratado de aprehensión y de patrullas. La orden de aprehensión es un mandato que emite un juez para que los policías detengan a un acusado y lo presenten ante él. Los patrulleros no le discuten al magistrado sobre sus pruebas ni sus razones. En la extradición, el país requerido es el patrullero. Tan sólo tiene que verificar que la orden sea válida, no que sea probada.
Por el contrario, el TAJ es un tratado de enjuiciamiento y de tribunales. Se utiliza principalmente para requerir y aportar pruebas, para validarlas, para valorarlas y para considerarlas rumbo a una sentencia, bien sea condenatoria o absolutoria. Todo esto es muy complejo, pero baste decir lo que decían las abuelas a sus nietos sobre, si no sabes, mejor pregunta.
No es sencillo que esta complejidad encaje bien con el discurso de los políticos. Es más bien un muy complicado discurso de alegatos de los fiscales y de los defensores, pero no de todos, sino de los mejores abogados especialistas de las fiscalías de ambos países.
Ahora, lo que viene es muy oscuro porque este mes finaliza el término para que EU formalice su solicitud y menciono tres escenarios. El primero, que se repitan la solicitud y la respuesta. El segundo, que se complazca la entrega de pruebas y que éstas hasta asusten.
El tercero sería el silencio bilateral y la cancelación del trámite. Imaginemos las consecuencias, desde las judiciales y arbitrales hasta las policiales y militares, pasando por las diplomáticas y comerciales. Donald Trump está moviendo sus fichas en juzgados, en fiscalías, en policías y en inteligencia. Se oyen voces, se ven sombras y se sienten pasos. La imaginación es grande, pero la realidad es mayor.
Se ha dicho que en la política no hay sorpresas ni confusiones ni equivocaciones. Que tan sólo hay sorprendidos, confundidos y equivocados.
