México-EU: seguridad sin tregua política

La política y la seguridad caminan por carriles distintos entre México y EU, pese a que la relación bilateral atraviesa otro momento de alta tensión. Son asuntos indisociables, pero ambos gobiernos los administran en compartimentos estanco. La pregunta es si esta diplomacia de cajones separados responde a una estrategia deliberada de Washington o a un entendimiento con México.

El manejo del último episodio de la polémica de las visas ahora contra Andy López Beltrán revela la intención de mantener la disputa política lejos de la cooperación en seguridad. La fórmula es preservar acuerdos de mutuo beneficio, mientras el conflicto no cruce la línea Maginot de sus intereses políticos o electorales. Las señales desde Washington son claras. Las reacciones de alto nivel buscan “desdramatizar” el ataque insistiendo en que la facultad de permitir la entrada a EU no debe confundirse con la agenda bilateral. Su política de “quitavisas” le permite ejercer presión sobre políticos mexicanos y alimentar su narrativa sobre el “narcoestado”, pero sin llegar a una crisis diplomática mayor.

La escena más reveladora del pragmatismo de MAGA fue la recepción desvivida en elogios de Terrance Cole, director de la DEA, a Omar García Harfuch. En plena tensión por el caso Andy, Cole presentó al zar de Seguridad como “socio de confianza” y “buen amigo” de EU. Nada en el encuentro parecía recordar los viejos desencuentros entre López Obrador y la DEA. Tampoco aparecieron las reiteradas amenazas de intervención directa contra los cárteles designados como terroristas ni el reclamo contra el injerencismo. La fotografía fue cooperación técnica, intercambio de inteligencia y reconocimiento mutuo en el combate al narco. Como si la disputa política pudiera quedar fuera de la sala o ausente entre dos aliados que sellan su acuerdo de seguridad para eliminar la impunidad de los carteles, mientras vituperan a la política mexicana. El halago compromete a García Harfuch.

La línea ya había sido trazada por Marco Rubio y Christofer Landau al afirmar su política de “quitavisas” y conminar a que el drama político no contamine la agenda bilateral. Sheinbaum y Morena respondieron con la bandera de la no injerencia y un cierre de filas contra las presiones de Washington en asambleas por todo el país. La retórica subió de tono, pero la cooperación siguió intacta.

Incluso sale fortalecida, o al menos García Harfuch. En medio de conmociones se anuncian acuerdos de cooperación militar para adquirir tecnología y drones de EU destinados a combatir a los cárteles. La visita a México de Daniel Driscoll, secretario del Ejército de EU, pasó inadvertida, pero la firma del memorándum dejó claro que mientras los gobiernos intercambiaban reproches sobre soberanía e injerencia, sus aparatos de seguridad estrechan lazos.

México transita con esta diplomacia, al tiempo que también activa el discurso soberanista contra Washington, con destinatario a los sectores más radicales de su coalición; levanta la bandera de la no injerencia mientras tiene abierta la línea de García Harfuch para profundizar la cooperación con sus agencias y, EU reconoce públicamente a sus principales responsables de seguridad como socios, mientras presiona políticamente a México. 

¿Es un acuerdo deliberado o resultado de la política de palo y zanahoria con que Trump reduce a sus interlocutores? Quizá. Sheinbaum necesita preservar la cooperación en seguridad y evitar que la presión de EU se convierta en una crisis mayor; incluso intenta bajar el perfil de la controversia, que ni sus partidos aliados PT y Verde han acompañado. Washington, por su parte, necesita a México para su nueva guerra antidroga y no parece dispuesto a sacrificar esa cooperación, pero la diplomacia de cajones separados” funciona mientras cada gobierno mantenga sus intereses estratégicos a salvo de sus disputas políticas. Cuando las tensiones escalan y cruzan la línea roja de la soberanía o ponen en riesgo la conservación del poder, los compartimentos comienzan a romperse. Por ahora, la seguridad parece tener vida propia y avanzar incluso contra el ruido político. La prueba será saber cuánto tiempo puede la seguridad cerrar el paso a la política o  el choque entrar por otra puerta.