El cinismo de exponer al público la avioneta en la que fue trasladado secuestrado El Mayo Zambada a EU –después de negar cualquier intervención en el episodio– es la medida de la prepotencia con la que Washington impone a otros países su nueva guerra contra las drogas y del dominio del hemisferio occidental.
El FBI exhibe la aeronave en un museo de Texas como una burla o un gesto de poder: un trofeo que, lejos de disipar dudas, parece acreditar su participación en una operación ilegal; mientras se presenta como muestra de aplicación de la ley y su prioridad de persecución extraterritorial del delito.
La peligrosa extravagancia exhibe una grave violación que, sin embargo, sirve de ejemplo del combate al narcoterrorismo, como cataloga a los cárteles de la droga. Pero en ese mensaje, no vale otra ley que la de la fuerza. Significa la violación de la soberanía mexicana mediante una operación encubierta; representa la sombra del exembajador Ken Salazar negando la participación de Washington en el secuestro del capo y en su entrega, presuntamente coordinada con Ovidio Guzmán, convertido en testigo protegido. Y la ostentación del FBI de esa intromisión y tácita acreditación de la injerencia.
Sheinbaum no pudo esquivar un despliegue de poder que ridiculiza al gobierno y congela la confianza de la colaboración bilateral. El sabor de la burla obliga a elevar el tono del reclamo en uno de los asuntos más delicados de la agenda binacional: el posible involucramiento directo de agencias de seguridad de EU en la borrosa, opaca y sucia caída de El Mayo.
El abandono del tono moderado de sus reacciones en los desacuerdos con Trump revela el deterioro de una relación que privilegiaba la política de la no confrontación abierta; ahora se precipita en la amenaza de intervenciones directas o encubiertas, como otra de la DEA en Chihuahua, y la batalla por la narrativa del narcoestado para debilitar la soberanía que sirve al oficialismo para escudar su inacción contra narcopolíticos.
La exhibición del avión traduce en imagen el discurso trumpista: perseguir a los capos de narco con o sin la cooperación de terceros países. Si Sheinbaum había dejado pasar el turbio episodio apoyada en las declaraciones del exembajador Salazar, la afrenta apunta a un operativo secreto de sus agencias.
“¿Quién miente… Salazar?”, lanzó la mandataria como una puya al gobierno de Trump y exigencia de aclaración que, hasta ahora, no llega. Lo más alarmante es que el reclamo reiterado pasa casi inadvertido, como si la acusación fuera intrascendente o poco seria. Apenas hubo una rectificación evasiva de Salazar en medios, al afirmar que no tenía “evidencia” de que López Obrador estuviera preocupado por la información que Estados Unidos obtuviera de El Mayo.
Esa versión contrasta con lo que el propio Salazar desliza en sus memorias en el contexto de la trama sobre el narcoestado mexicano que Trump –y ahora el FBI– impulsan para justificar la intromisión en la política interior y la persecución extraterritorial de capos. Lo más grave del episodio es constatar el cruce de los límites de la cooperación y de las normas mínimas establecidas por el derecho internacional, la soberanía y tratados de extradición.
La entrega de El Mayo a EU quedará, quizás, como uno de los grandes enigmas de las historias negras del narcotráfico, sobre todo si su testimonio se hunde en el silencio al aceptar la cadena perpetua y evitar un juicio público. Lo que no podrá borrarse son las interrogantes sobre las complicidades y las fuerzas que operan dentro del statu quo del crimen trasnacional.
¿Quién miente sobre las circunstancias de la entrega, que según El Mayo fue secuestrado y entregado a agentes de seguridad estadunidenses? ¿Dónde está la investigación de la FGR de la llegada de una avioneta con matrícula clonada a un aeródromo de Sinaloa, y que luego voló a EU sin el localizador encendido? ¿Hasta dónde la política de testigos protegidos se traduce, en los hechos, en acuerdos con criminales, como acusa el gobierno mexicano en el caso de El Mayo y otros?
Nada podrá limpiar el hecho de que la caída de El Mayo precipitó la mayor desestabilización de Sinaloa en su historia: una guerra intestina entre facciones del cártel y una estela de sangre con miles de víctimas, en la peor purga de las estructuras del legendario cártel más poderoso de México.
