¿Cuántos liderazgos partidistas podrían reunir hoy a la clase política en una despedida como la de Cuauhtémoc Cárdenas? En tiempos de polarización, cuesta imaginar otra figura que suscite un reconocimiento tan amplio por su contribución a la transformación política del país durante las últimas tres décadas, más allá de las diferencias ideológicas.
Ese reconocimiento destaca al líder que defendió el cambio pacífico cuando la cerrazón del régimen priista alentaba salidas violentas y se mantenía vivo el sueño revolucionario. Tras romper con el PRI, optó por una larga lucha institucional por la democracia. Hizo de la consistencia, la moderación y respeto al pluralismo herramientas para superar resistencias autoritarias y abrir espacios a las distintas expresiones del país.
Desde distintas trincheras partidistas han coincidido en admitir que, sin Cárdenas, la realidad política sería distinta. Sin embargo, varios de esos valores que encarnó tienen hoy poco espacio entre la polarización ideológica, el encono del debate público, la crispación parlamentaria y la violencia incesante. Frente a ese clima llegó a advertir: “No impulsar la polarización por la polarización misma”, es decir, como recurso para ganar elecciones sin advertir los riesgos de la división.
La despedida de López Obrador, su aliado desde los primeros pasos en la oposición, resume esa paradoja: “Sin él, otra sería la realidad del país”. No obstante, se distanciaron antes de que llegara a la presidencia y terminó considerando a Cárdenas un “adversario” por sus críticas a la confrontación y la falta de diálogo del primer gobierno de la 4T.
La transformación que impulsó Cárdenas apostaba por la politización de la sociedad y la apertura de la competencia para reducir la violencia que nos atenaza y desmontar el autoritarismo. Hoy, esa ruta parece confundirse con la polarización que, lejos de contener los conflictos, los exacerba.
Recuerdo la elección de Tabasco en 1989. Candidatos a alcaldes y regidores llegaban heridos a la casa de campaña del Frente Democrático Nacional para denunciar la violencia electoral. Exigían tomar las presidencias municipales: “por la vía pacífica no se puede”, decían. López Obrador, quien disputaba por primera vez la gubernatura desde la oposición, escuchó los reclamos, llamó a Cárdenas y convocó a los inconformes a una concentración en la plaza de Cárdenas, Tabasco, donde anunció una lucha pacífica por la democracia y el cambio institucional.
La anécdota retrata una diferencia importante: la moderación no implica resignación ante el abuso, sino la convicción de que la democracia debía abrir cauces al conflicto, no convertirlo en una confrontación periclitada. Nada resulta más letal para las instituciones que una guerra política permanente de “nosotros contra ellos”, aunque ambos bandos invoquen la democracia para defenderse o descalificar al otro. El legado de Cárdenas es la ruta reformadora que evitó la ruptura institucional con el viejo régimen.
Algunos interpretan su pacifismo como debilidad y atribuyen sus tres intentos presidenciales fallidos a la falta de fuerza. Sus principios y convicciones, sin embargo, explican el respeto transversal del espectro político e ideológico.
Pero resulta sintomático que incluso los homenajes a Cárdenas hayan alimentado la polarización al destacarse sus diferencias con López Obrador. Cárdenas afirmó que nunca lo consideró un adversario político.
La polarización que todo lo engulle, más que una mayor politización social, define estos tiempos. No era el destino que buscaba Cárdenas. Quizá lo advirtió al dejar el PRD en 2014, cuando el partido comenzó a alejarse de sus principios fundacionales.
La despedida de Cárdenas deja preguntas: ¿sobrevivirá la democracia en la polarización permanente? Su legado recuerda que transformar no exige perpetuar la división, sino construir instituciones capaces de encauzar las diferencias. Esa lección sigue vigente cuando la polarización se confunde con la convicción política.
