Parece que todo el discurso político, escribe el periodista de The New Yorker, Jay Caspian Kang, “se ha vuelto desquiciado e inundado de odio, lleno de provocaciones que una vez habrían sido vergonzantes en la vida pública, esto probablemente se deba a que las redes sociales nos permiten cubrir el anonimato y la distancia física. La mayoría de la gente se comunica digitalmente ahora, por lo que la mayoría de las interacciones están menos mediadas por la vergüenza”. Eso es verdad en la vida cotidiana, pero resulta mucho más evidente en la vida política: ya no hay vergüenza, los actores políticos, sobre todo desde que López Obrador inauguró las épocas del “yo tengo otros datos”, la han perdido. Decía Barack Obama que se podían tener diferentes opiniones, pero no distintos datos, distintos hechos.
La forma en que el senador de Morena, Luis Fernando Salazar, amenazó al periodista Enrique Acevedo entra en estas coordenadas de pérdida de vergüenzas políticas. La presidenta Sheinbaum condenó, con cierto retraso, el viernes, las amenazas del senador a Acevedo. Lo hizo luego de criticar una nota de prensa, como las critica habitualmente, pero agregó que no compartía lo escrito por Salazar “porque la manera en la que se utilizó la red social y las frases que dijo contra este periodista son condenables y no deben pasarse por alto”. El senador Salazar se disculpó, pero no con Acevedo, sino con la Presidenta. Otro eslabón en su condena personal en el camino a la vergüenza.
Está muy bien que la presidenta Sheinbaum trate de poner un límite a los insultos y agresiones a los periodistas y medios. De acuerdo con Artículo 19, durante el gobierno de López Obrador se documentaron 3 mil 408 agresiones contra la prensa, en un corte de diciembre de 2018 a marzo de 2024, entre ellas 224 discursos estigmatizantes oficiales, 248 campañas de desprestigio y 179 agresiones en las mañaneras. Durante 2025, primer año calendario completo del gobierno de Claudia Sheinbaum, la organización registró 451 agresiones contra periodistas y medios. El informe disponible clasifica 199 como ambiente hostil y 151 como abuso del poder público. Esto equivale aproximadamente a una agresión cada 19 horas. El informe también registró en ese año siete asesinatos, una desaparición y ocho tentativas de homicidio relacionadas con el ejercicio periodístico.
No dudo que los medios y periodistas podemos cometer excesos en la información, pero no se comparan en nada con el caudal de mentiras y agresiones que se trasmiten cotidianamente desde los bots y comunicadores del bienestar que Citlalli Hernández llama “generación nueva de comunicadores con credibilidad social”, incluso cuando son descubiertos recibiendo en línea instrucciones de la presidenta de Morena para criticar a Alito Moreno en plena sesión del INE, una sesión de inicio de periodo electoral que, para alimentar más la dinámica de la ausencia de vergüenza, fue encabezada, como no sucedía desde 1996, por la secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez, a invitación de la presidenta del INE, Guadalupe Taddei.
Pero hay noticias aparentemente buenas, una es el reclamo presidencial al senador Salazar por la agresión hacia Acevedo. Otra, la suspensión, que esperemos sea permanente, del programa Derecho de Réplica que “conducía” Luisa María Alcalde (¿qué diablos tiene que hacer una funcionaria de la Presidencia, nada menos que la consultora jurídica, conduciendo un programa en la televisión pública?) y que paradójicamente se tornó inservible desde el día uno, porque mentía sobre las supuestas mentiras: sus aseveraciones fueron desmentidas hasta por las mismas fuentes oficiales, como sucedió con los operativas binacionales antidrones en la frontera. Se dijo que la suspensión fue por el permiso de maternidad de Luisa María. Puede ser, pero con ese fueron ya dos los fracasos sobre el tema, el otro el tristemente célebre Quién es quien en las mentiras, “conducido” por Liz García Vilchis, famosa no sólo por los errores en ese espacio, sino por las agresiones e insultos que soltaba en redes sociales desde su juventud. Otros dos ejemplos de la ausencia de vergüenza.
Dice el artículo del New Yorker que “en tecnología, finanzas y política, aquellos que predican un evangelio fragmentario arraigado en la máxima optimización creen que han obviado la necesidad de vergüenza de la sociedad. Existe un conflicto entre aquellos que todavía creen en las barreras sociales y aquellos que creen que todas las acciones deben basarse en un cálculo adecuado del retorno de la inversión. Ese conflicto constituye tanto el presente como el futuro de la guerra cultural de Estados Unidos. Los optimizadores tienen todo el dinero; los empáticos sólo se tienen realmente el uno al otro, y la garantía, por fugaz que sea, de que hay más de nosotros que de ellos”.
Por lo pronto, hoy, sin vergüenzas y olvidándonos de las manipulaciones que quieren ejercer quienes se designan a sí mismos los únicos y verdaderos patriotas, celebremos el grito de Independencia y mañana el desfile militar para conmemorarla. Ningún desvergonzado nos lo puede arrebatar.
