A puerta cerrada

Jimena Acevedo Freijo

Jimena Acevedo Freijo

Entre libros y partituras

“¿Dónde están todos los libros de Alice Munro?”, pregunté, confundida, en Munro’s Books, la librería que fundó la ganadora del Nobel de Literatura junto con su primer esposo… un edificio histórico en Victoria, Canadá, que yo siempre había querido conocer. La vendedora, nerviosa, me condujo a una esquina escondida donde había, a lo mucho, seis ejemplares. Después desapareció. ¿Tan pocos? Si Alice Munro acababa de morir unas semanas antes (en mayo de 2024) a los 92 años. Miré con atención. Bajo los libros encontré un papelito: “Los ingresos de la obra de Munro serán donados a víctimas de abuso sexual infantil”. Algo grave había pasado.

Busqué en internet. Un par de días antes de mi visita, la hija menor de Munro, Andrea, publicó su historia en el Toronto Star: su padrastro, Gerald Fremlin, segundo esposo de Munro, abusó de ella cuando tenía nueve años. Andrea se lo contó a su papá (con quien vivía) y él le recomendó no decir nada (¿?). Años después se animó a contárselo a su mamá. Ella tomó mal la noticia, como si fuera una traición personal y dejó a Fremlin por unos meses. Pero después alegó que lo amaba demasiado y volvió con él. Más tarde, Fremlin fue procesado y condenado a dos años de libertad condicional. Todo este tiempo Alice Munro eligió rechazar a su hija y esconder lo ocurrido. Se quedó con Fremlin hasta su muerte. 

Me bastó leer la historia de Andrea, escrita con enorme dignidad, para saber que cada palabra era cierta. Las reacciones a la publicación fueron muchas: la escritora Margaret Atwood, amiga de Munro desde los años 70, dijo estar en shock; las librerías rompieron sus pósteres, y Munro’s Books (que ya no pertenecía a la familia) retiró la mayoría de sus libros. Algunos lectores mandaron sus ejemplares al reciclaje, en un gesto de rabia primermundista. Una lectora, furiosa, escribió que Munro, tan avezada para crear personajes “defectuosos”, se había convertido en uno de ellos. Las hermanas de Andrea la respaldaron y confirmaron que sabían de los abusos de Fremlin. 

Siempre admiré los cuentos de Munro: su precisión para señalar crueldades cotidianas que suceden a puerta cerrada. Su mirada incisiva sobre los pueblos de Ontario y la vida de sus mujeres y niñas. Su manera de engañarnos con conflictos que, al final, no importan tanto, pues debajo hay algo más oscuro. Y esa capacidad increíble para materializar emociones complejas y dejarlas flotando sobre las páginas. 

¿Podemos amar la obra de artistas que han hecho tanto daño? El gran debate entre ética y estética no es nuevo ni cabe en esta columna. Los ejemplos sobran, desde el asesino Caravaggio hasta Roman Polanski y William Burroughs, cuyas deudas con la justicia ocuparían esta edición entera. Por no mencionar a tantos escritores que, en privado, eran machistas y violentos (cuando en público y por escrito hasta parecían feministas). 

Todos juzgamos mejor los vicios ajenos que los propios. Alice Munro no fue la excepción. Detectaba con envidiable pericia los defectos de carácter en otros, pero no pudo (o no quiso) hacerse cargo de los suyos. Tanto ella como James Munro le fallaron a su hija Andrea. Eligieron la comodidad y la reputación, aplastando el derecho de Andrea a crecer protegida y sana. Desde mi visita fallida a Munro’s Books en 2024 no había vuelto a leer la obra de Munro, indignada ante su egocentrismo y su falta de responsabilidad. Hace unos días, sin embargo, leí algunos de sus cuentos para un taller y —muy a mi pesar— me volvieron a parecer magníficos. 

Mientras escribo esta columna pienso en Andrea. Aunque hoy es una mujer de 60 años, sigue trabajando, cada día, para sanar. Ha luchado contra migrañas crónicas (que empezaron a la mañana siguiente del primer abuso), bulimia e insomnio (consecuencias comunes entre víctimas de abandono y abuso sexual). Como parte de su proceso, intenta ayudar a otros. 

Fue así como Alice Munro(1931-2024) dejó de ser orgullo canadiense y éxito de ventas para convertirse en un trago amargo. Y aunque su talento literario es innegable, su historia familiar nos muestra (al igual que su arte), la desoladora realidad: los derechos de niñas y niños son demasiado fáciles de vulnerar, porque los vulneramos nosotros mismos, los adultos encargados de protegerlos… a puerta cerrada. 

Hablemos más de los temas difíciles. Rompamos la cultura del silencio.

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