Mi villano favorito

El personaje del villano en la vida de cada uno no debería ser nada nuevo. Es fácil, en conversaciones o relatos familiares, encontrar a ese villano cuyas acciones impidieron los buenos propósitos o éxitos de los otros. O que tomaron malas decisiones o perdieron la fortuna grande o pequeña del negocio familiar o causaron dolor y estragos en nuestras vidas.

Tendemos a hacer grandes a personas pequeñas. Quizá no pequeñas per se, puesto que toda persona y ser humano es relevante. Sin embargo, en muchas ocasiones, solemos engrandecer el impacto que tienen ciertas personas en la propia vida. Sus palabras lo ensombrecen todo y no dejan ni un rayo de sol, no hay espacio para nada más. Así hay personajes en la vida de cada uno. Nuestros villanos favoritos

El personaje del villano en la vida de cada uno no debería ser nada nuevo. Es fácil, en conversaciones o relatos familiares, encontrar a ese villano cuyas acciones impidieron los buenos propósitos o éxitos de los otros. O que tomaron malas decisiones o perdieron la fortuna grande o pequeña del negocio familiar o causaron dolor y estragos en nuestras vidas. Son los que quizá aparecían en las fiestas para amargar las celebraciones, los que se quedaron con la herencia que les pertenecía a todos. Son esos que siempre se comen la última galleta o se llevan la rebanada más grande del pastel.

Pensemos que estos villanos tienen una función muy particular. Como todo, la vida tiene que trabajar lo que es difícil para la mente, la de dividir el mundo en lo bueno y lo malo, la de restar complejidad a la realidad y hacerla mucho más simple. En las teorías de la mente, esto se conoce como el mecanismo de escisión.

Escindir es justo partir, dividir. Una manera de aprender las cosas es partir el todo en unidades de información más pequeñas. Sería, pues, un mecanismo válido para los tiempos más tempranos de la mente, cuando el mundo es demasiado monumental para entenderlo, para poder hacerlo predecible y, de esta manera, calmar la angustia por lo desconocido. Así va reconociendo pequeños objetos relacionados a su supervivencia, la comida, las sensaciones de calor y frío. Después distingue aquello que le es placentero de lo que es displacentero (no necesariamente dolor, pero que puede incluir el dolor).

Durante esos primeros meses de la mente, el mundo tiene cosas buenas y cosas malas. El mundo se puede hacer predecible dividiéndolo en bueno y malo. La vida va presentándose y obligando a ampliar el vocabulario para poder comprender mejor, para profundizar. No es poca cosa, es enriquecer al mundo. Es algo de eso que se llama madurar, no sólo cumplir años, y consiste en poder percibir los matices del mundo sin que eso lo totalice. Un mal momento no hace una mala vida, una experiencia buena no exige que todas las demás experiencias tengan que ser buenas, un viaje tan esperado puede terminar siendo difícil, pero no por ello un fracaso. El mundo es mucho más complejo y existen muchos matices entre lo bueno y lo malo.

Quizá una de las consecuencias de atravesar un análisis es que dejen de existir estos villanos a los que se les pueden endosar todos los males. La ventaja de que exista un malo es que todos los demás podemos ser buenos, así nos limpiamos del lodo cutre que nos puede dejar la existencia: de los malos sentimientos que nos pueden desagradar porque somos poco tolerantes, quizá controladores, quizá celosos. Esas pequeñas impurezas del alma (por decirlo de alguna manera) se minimizan ante los malvados rasgos del villano favorito.

Volteen a ver a su familia y distingan al villano. En realidad, no lo es del todo. Lo cual no quiere decir que no haya malignidad en algunas personas. Sería como pensar que los cuadros psicopáticos, sociopáticos y narcisistas graves no tuvieran familia; son miembros de algún núcleo social y pudieron ser crueles, sádicos o perversos. Sobrevivir a sus abusos es, sin duda, una verdadera proeza. Toda familia tiene su villano, pero no todas familias tienen un psicópata.

En lo individual, cada uno de nosotros tiene a su propio villano, creemos que, si desapareciera de la faz de la tierra, todos los grandes males de nuestras vidas —como parálisis, miedo, inhibición, dolor— desaparecerían mágicamente. Y aunque nos cueste trabajo aceptarlo, no hay un mundo de buenos y malos nada más. Así que no podemos responsabilizar al de afuera de manera total de nuestros dolores o de nuestros síntomas. Tarde o temprano, llega el momento en que uno sí puede hacer algo a favor de nuestras vidas. Tenemos que dejar ir a ese villano favorito para poder construir un camino propio, que empiece en el presente y nos lleve hacia el futuro, debemos dar un paso y no anclarnos en un presente que se explique eternamente por el pasado.

¿Ya sabes quién es tu villano favorito?

No se pierdan la próxima columna: el enemigo público número uno.

Temas: