Manejar, manejarse

Los accidentes también nos permiten preguntarnos acerca de nosotros, son esa terrible llamada de atención que a veces tiene consecuencias fatales.

Es más fácil preocuparse por los grandes temas que nos conmueven que mirar esos pequeños gestos de la vida cotidiana que pueden alertarnos acerca de nosotros mismos.

Por ejemplo, en el acto de conducir, que para muchos es ya automático. Manejar es una acción necesaria en la vida urbana de las sociedades que no supieron implementar sistemas de transporte colectivo a tiempo, como es el caso de la mayoría de las ciudades del continente americano.

La mente del conductor, habituada a la repetición de actos unas miles de veces (dependiendo del tiempo que lleve conduciendo), percibe los señalamientos de tránsito rápidamente y codifica de manera inmediata lo que significan las luces verde, amarilla y roja de los semáforos, las líneas peatonales, los cruces en calles, los carriles de Metrobús (que respetan, aunque sea por las multas ominosas que genera su también ominosa invasión) y los señalamientos viales como avisos de curvas, de no estacionarse, por mencionar algunos. Todo esto es parte del conocimiento que el cuerpo va adquiriendo y se llama memoria corporal o implícita. Es decir, aquellas tareas como andar en bicicleta o bailar, que repetimos ya sin que pase a través de un yo totalmente consciente.

Esto nos permitirá sacar algunas conjeturas acerca de cómo manejan las personas, así como ciertos rasgos de la personalidad y quizá podamos reconocer también cómo se vinculan entre sí. Por ejemplo, aquellas personas que deciden rebasar a los demás que están esperando en fila para salir de una vía rápida y meterse en segunda fila. Este caso es de los más evidentes: le gusta ser el primero sobre los otros (que no entre los otros) y sacar ventaja, y lo repite en otros lugares, o sea, debe ser alguien que se aprovecha de sus hermanos, amigos, ésos que suelen sacarle algo más a sus padres, o en una relación de pareja o de amistad esperan ser tratados con mayor deferencia que el otro.

Conducir tiene otras connotaciones. En algunas relaciones uno de ellos es el que siempre maneja. Se pueden dar muchas razones para justificar o explicar esta situación: es su coche, le gusta manejar, maneja mejor (claro, es quien siempre lo hace), es más orientado, etcétera. Lo interesante es observar a quien está dejando de manejar. ¿Qué es eso que está cediendo un poco o del todo al otro u otros? No querer conducir nunca es dejar al otro llevarle por la vida, dejar en manos de otro el camino y también los errores y las malas decisiones. No manejar es dejarse llevar, con todas las implicaciones que eso puede tener en la vida.

Los accidentes también gritan conductas. Una persona muy cercana sufrió un accidente muy severo, salió ilesa, pero fue tan aparatoso que la llevó a cuestionarse lo que estaba en riesgo de perder, así que decidió comenzar un largo proceso de terapia. Y así es, los accidentes también nos permiten preguntarnos acerca de nosotros, son esa terrible llamada de atención que a veces tiene consecuencias fatales.

También están los que se transforman a la manera que Tribilín (Goofy) que se convierte en un verdadero energúmeno en cuanto se sube a un auto y se hace cargo del volante.  Digamos, Dr. Jekyll y Mr. Hyde al volante. El señor Cordero se transforma en el señor León de la Rueda. De un correctísimo hombre incapaz de causar daño, a un hombre que ha dejado escapar a la bestia. Quizá una parte de la persona ha asimilado o aceptado (aunque a regañadientes) que las normas éticas o el civismo tienen sentido, pero sólo con sus conocidos. Sin embargo, al subirse al coche entra a una pequeña burbuja en la que pierde el pudor. Se cree aislado, no visto ni fichado por otros y, por tanto, puede dar rienda suelta a impulsos infantiles, al fin y al cabo no podrá ser reprendido.

Variaciones sobre el mismo tema son, por ejemplo, jugar carreras con otros autos y “picarse” mutuamente, ambas acciones también tienen su origen en estas raíces primitivas de compararse con otros y mostrar quién es más fuerte, quién más poderoso, quién merece ser el jefe del clan. Aunque ya está visto que se puede luchar por ese lugar de ser jefe del clan, no significa que se sepa saber qué hacer con el puesto, ni cómo asumir con la responsabilidad en lugar de sólo popularidad.

De nuevo, se juega con la posibilidad de pensar antes de actuar (como se mencionaba en la columna anterior). Es decir, de poder tolerar la urgencia de responder, de retrasar la respuesta para introducir pensamiento, una duda acerca de cómo responder en cada momento. El pensamiento es una habilidad que va creciendo con el tiempo (aunque no está garantizada), y que el roce de la convivencia con otros, primero con los pares y luego el resto, ayuda a ir asimilando reglas comunitarias que posibilitan a los seres humanos vivir juntos y a regular la interdependencia entre ellos. 

Todo esto se juega al conducir. Y ustedes, ¿cómo manejan y cómo se manejan?

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