Límites a la barbarie

Los bárbaros son como los romanos llamaron a los extranjeros, y todos aprendimos que la caída de Roma sobreviene con la invasión de los bárbaros. La violencia que sacude a las sociedades, y en particular a nuestro país, es la decadencia de una forma de hacer polis. Es la degeneración del tejido social debido a la corrupción, a la decrepitud, al menoscabo de las instituciones.

El horror es uno de los temas más difíciles de escribir. Siempre es necesario preguntarse si uno está alimentando el morbo o si está logrando producir pensamiento. El pensamiento, sin demasiadas pretensiones, es aquel que nos permite detener un impulso, incluso frenar la parálisis misma y hacer algo con la realidad con la que nos topamos.

El ejercicio que a esta columna se le impone como indispensable es hacer un alto, detener cualquier otra noticia y pararnos para pensar sobre la tragedia y la barbarie que implica el asesinato de una niña de 14 años, en Teotihuacán, Estado de México, cuya violenta agresión fue presenciada y grabada por compañeros testigos que no hicieron nada por impedirla. Curiosamente, hasta el día de hoy, 41 horas después de la tragedia, la noticia no la han retomado los mayores medios. Es decir, la peor de las situaciones es ignorar la noticia, dejarla pasar como si fuera una víctima más de violencia. Esta reacción no sólo hablaría de la anestesia de los medios, que ya no comprenden lo gravísimo del hecho: una pelea desigual entre dos niñas adolescentes grabada por sus compañeros adolescentes que termina en un asesinato. No convertirlo en un tema de la agenda nacional nos convierte a todos en protagonistas de un escenario, como la mañanera, en el cual sólo se comenta lo banal y lo intrascendente.

Ponerle límites a la barbarie exige interpelarla, cuestionarla y plantear alternativas. Ignorar la barbarie equivale a la política de abrazos, no balazos, que en realidad lo que hace es no poner límite ante los actos de violencia que sufre nuestro país, nuestros estados, nuestros municipios, nuestra gente, nuestras familias. Es, además, el rebajamiento más profundo al acto de abrazar. Abrazar es una expresión de amor, de acompañamiento. Se abraza y se acompaña desde la prevención, pero no desde la barbarie. Sí, la palabra barbarie es una de las formas del horror, y cada vez que se presenta no se trata sólo de que el corazón se aflige, sino también que saltan todas las alarmas, porque para llegar a la barbarie se rebasaron varios límites, a veces de manera silenciosa, ya que no siempre es escandalosa. Según el Oxford Languages, la barbarie es la actitud de la persona o grupo que actúan fuera de las normas de cultura, en especial de carácter ético, y son salvajes, crueles o faltos de compasión hacia la vida o la dignidad de los demás.

Los bárbaros son como los romanos llamaron a los extranjeros, y todos aprendimos que la caída de Roma sobreviene con la invasión de los bárbaros. La violencia que sacude a las sociedades, y en particular a nuestro país, es la decadencia de una forma de hacer polis.

Es la degeneración del tejido social debido a la corrupción, a la decrepitud, al menoscabo de las instituciones. El agotamiento de la sociedad ante la violencia no debe debilitar la demanda de justicia, la elaboración de propuestas por expertos. No podemos esperar a que la decadencia del gobierno termine por llevárselos en las próximas elecciones para empezar a confeccionar un modelo de tejido que considere en la educación una ética del cuidado por el otro. Es una faena que nos corresponde a los ciudadanos, desde ser padres de familia, profesores, profesionistas, empresarios, académicos, religiosos, etcétera.

La aniquilación de las normas mínimas de convivencia en una sociedad moderna es sumamente peligrosa, comparar el horror actual a un simple desde siempre México es un país bravo es de una pobreza y una resignación resultado de la mediocridad y la mezquindad.

La justicia tiene que tomar su lugar, la sociedad debe pedir justicia. Pero no es sólo volcándose sobre los personajes puntuales de este siniestro asesinato, sino que también debe incluir los ejes culturales sobre los que se educa actualmente y el agotamiento de los maestros cautivos de un sindicato ramplón y miserable. La educación en este punto debe incluir a los sectores que no han entrado a la educación, pero que tienen a su alcance medios económicos o conocimiento: sector privado, universidades, centros de estudio, expertos en salud mental, legisladores, etcétera. Esto no es algo de 20 años, pero lo cierto es que es un problema “sistémico”, es decir, hay un problema multifactorial en su origen y la mayoría de los esfuerzos han sido puntuales, desde un solo lugar, por tanto, son insuficientes e insostenibles. Se requiere una visión sistémica, profunda, que considera cuatro etapas: análisis, propuestas, ejecución y supervisión. Sólo así podemos revertir esta tendencia y no resignarnos a lo que Hannah Arendt llamó la banalidad del mal.

Está en juego un país. Está en juego el poder poner límites a la barbarie, invocar al destino y recogerse en el propio mundo no será suficiente. La educación y la justicia son las únicas que pueden poner límites a este ocaso. ¿Quiénes asumen el reto?

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