Las voces que cancelan (parte II)

¿Cómo pensar que siempre se podrán decir las palabras correctas? Los velorios, las bodas, los estados de ebriedad, el odio y la euforia hacen que las palabras se salgan de las carreteras de las buenas formas. Porque no se sabe qué decir, porque no hay palabras qué decir.Entonces, ¿sólo queda el silencio?

¿Desde dónde se pueden explicar esas voces que se erigen con superioridad moral para juzgar a todos? ¿No sería acaso condenable el hecho mismo de arrogarse una supuesta superioridad moral?

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En el lenguaje está implícito el equivocarse porque ninguna palabra será exacta a lo que se quiera decir y siempre será insuficiente. ¿Cómo pensar que siempre se podrán decir las palabras correctas? Los velorios, las bodas, los estados de ebriedad, el odio y la euforia hacen que las palabras se salgan de las carreteras de las buenas formas. Porque no se sabe qué decir, porque no hay palabras qué decir. Entonces, ¿sólo queda el silencio?

La supuesta superioridad de la moral, pensada desde el psicoanálisis, no se trata de contenidos, sino de una dinámica de relación que muestra una estructura de la mente muy rígida, de la cual tiene mucha pertinencia hablar 100 años después.

Freud construye una tópica de la mente en 1921 (su segunda tópica, porque la primera es la de la mente consciente-preconsciente-inconsciente) y que está formada por el Yo, el Ello y el Súper Yo. El Súper Yo sería una instancia de la mente que es la heredera de las “voces” de los padres y de los educadores. Es decir, guarda los mandatos recibidos durante el crecimiento del niño, pero —y esto es muy importante— sin el cariño y/o la calidez de los padres y educadores. Si bien en muchos momentos de la vida estos mandatos permiten conducirse con civilidad, también piden rayar en una rigidez que hace que la vida sea imposible. Muchos autores psicoanalíticos proponen que el objetivo de un psicoanálisis es la caída del Súper Yo; es decir, la flexibilización del Súper Yo. Una persona con Súper Yo muy rígido se trata con muchísima dureza, parece tener un gran sentimiento de culpa, aunque a veces nos parece incomprensible. Puede ser porque no ha triunfado como los padres querían o porque no ha logrado lo que la familia esperaba; en fin, porque la vida no es como se le había DICTADO que tenía que ser. Podemos ver cómo estos pensamientos causan dolor y, por lo tanto, cargarlos a cuestas hace una vida muy penosa. Es un trabajo de muchos años, porque muchos de estos mandatos no es posible saber que se tienen, tampoco es posible saber por qué se los sostienen, aunque se les pueda reconocer como vanos o ridículos.

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Pues bien, así se comporta el Súper Yo: le exige al individuo mucho más allá y con una fiereza que raya en la crueldad. Uno de los famosos aforismos de Óscar Wilde lo sintetiza: si tratásemos a nuestros amigos como a nosotros mismos, estaríamos en la cárcel.

En la actual cultura de la cancelación se le exige al otro con firmeza todo aquello que se le exige a uno mismo. No se trata de hacer un mundo mejor, en el cual uno comenzaría con uno mismo, sino exigirle a los demás que sean mejores, perfectos. La consecuencia es el miedo a equivocarse, se teme decir cosas fuera de lugar. Sólo hay espacio para una versión y ésa es la que yo quiero contar, la que yo defino. Se pierde la posibilidad de contar el punto de vista del otro. Se le cancela. Así nos colocamos en los extremos porque no queremos conocer ni escuchar otro tipo de pensamiento. El discurso es muy cerrado, pero no sabe que es muy cerrado. ¿Cuándo es justicia y cuándo es revancha? No nos atrevemos a aceptar que todos somos minoría.

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La cultura de la cancelación en lugar de elevar las conversaciones, las baja. En pro del derecho de su libertad, la cultura de la cancelación es poner a imponer la propia mirada. Nunca hay coincidencia. ¿Si nunca hay coincidencia, cómo nos arreglamos en un mundo diverso? ¿Cómo defender la tolerancia sin palabras de intolerancia? ¿Cómo educar en la empatía? ¿Cómo educar en la diferencia? Un mundo en el que todos fuésemos iguales sería extremadamente aburrido, pero, sobre todo, falso.

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