La edad discriminada (parte I)

¿Qué es ser adulto mayor? Tanto en México como en la mayoría del resto del mundo está definido de forma tan utilitaria que termina siendo deshumanizante.

Cada vez vivimos más. La ciencia, la nutrición, la medicina, el deporte, etcétera, han logrado aumentar la esperanza de vida. Paradójicamente cada vez “envejecemos" más pronto. ¿Cómo es esto? Justamente no se trata de un cuerpo decrépito o añoso. Muchas personas se declaran más sanas arriba de los 50 de lo que fueron más jóvenes. La “vida líquida", como la llama Baumann, no sólo caduca a los objetos, a las ideas o a las relaciones, sino que fomenta sobre todo la caducidad de las personas. En la narrativa, actual envejecer es algo parecido a extinguirse.

En lo laboral, la situación se agrava porque cada día los profesionistas caducan más jóvenes. Es muy difícil contratarse cuando se tiene arriba de 55 años (10 años antes de la edad de retiro), pero, incluso, muchas personas arriba de 40 años se sienten avejentadas y rechazadas de los puestos de trabajo. En días pasados escribí en Twitter que había una discriminación de la que nadie hablaba y esa era la discriminación por edad laboral. La respuesta fue masiva. La frase iba en ambas direcciones, ya sea por ser muy joven o por ser mayor —también de los 16 a los 24 es muy difícil contratarse— (tema para otra columna). La mayoría de los comentarios eran sobre lo difícil de encontrar trabajo arriba de los 40, porque se tenía “demasiada experiencia”. Ese es claramente un eufemismo para no contratar a las personas, pues, entre otras cosas, se esperaría que alguien con mayor experiencia le corresponde un mayor salario o, en su defecto, se considera que tienen menor posibilidad de ser entrenadas.

¿Qué es ser adulto mayor? Tanto en México como en la mayoría del resto del mundo está definido de forma tan utilitaria que termina siendo deshumanizante. Algunos se excusan diciendo que las personas mayores no tienen fortaleza para desarrollar un trabajo. Así que el retiro obligatorio está puesto a los 65 años. Así, son los que ya no pueden trabajar. Los que requieren ayuda porque en el trabajo ya no pueden realizar las mismas tareas. Parece no existir ninguna otra calibración de habilidades una vez llegado a ese peldaño de edad. No hay diferencia entre las grandes organizaciones de los hombres:  Estado o empresas. Poco importa si se tiene mucha experiencia, creatividad, ingenio o capacidad de liderazgo. Quizá se salvan aquellos que han logrado poner sus propios negocios, grandes o pequeños.

Existe otro problema con el retiro y es que parece haber un retiro de la vida. Si bien las compañías de seguros han buscado romantizar la jubilación y el retiro como el tiempo para hacer lo que no se tuvo tiempo en la vida, pero, en realidad, es que no hay una infraestructura que apoye a los adultos mayores. Existen en México pocos servicios y centros recreativos para los ancianos. De todas formas, no se trata de dar pensiones para la alimentación. Si se jubilan pierden su relevancia, su lugar en el mundo, y ¿quién quisiera perder su conexión al mundo?

Contaba mi amigo y maestro Peter Hawkins, que alguna vez que viajaba por trabajo, en el avión le tocó sentarse al lado del ministro del Interior de gabinete de Mandela. Después de compartir algunos temas comunes, el ministro le mostró las fotos de sus nietos. A lo que Peter exclamó: “Cuando me retire, tendré tiempo de estar con los míos”. El ministro respondió: “En nuestra cultura nunca nos retiramos, nos convertimos en Los Mayores (Elders) que son los que vigilan y piden cuenta a los líderes de cómo van administrando lo que reciben.

Quizá mucho de lo que pasa en México es que en pos de la modernidad dejamos de escuchar a los mayores y ellos dejaron de observar y aconsejar a los líderes. Los consejos de ancianos o los mayores han sido de mucha importancia en diferentes culturas. Es necesario recuperar que llegar a la tercera edad sin haber librado una prueba de obstáculos. Una vida que al curtirse se impregna de saber, de experiencia. De sabiduría que reconoce que no todo es felicidad, pero que puede existir la alegría. De ese lugar que no desespera por la incertidumbre. Ese que sabe que, una y otra vez, también esto pasará. Como dicen Jean Chevalier y Alain Gheerbrant, “el solo hecho de haber envejecido, sin desaparecer enteramente, evoca(ría) ya una suerte de vínculo con las fuerzas supratemporales de conservación y que un ser que haya resistido al desgaste del tiempo se siente como una prueba de solidez, de autenticidad, de verdad”. Y todo eso nos está haciendo falta.

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