Elogio fragmentario a la pregunta
Si reflexionamos más profundamente, podríamos decir que cuestionarse es una manera de caminar en la vida. Es una manera de mantenerse flexible y, a la vez, conservar un intercambio con el mundo externo. Preguntar es la base misma de pensar. Las preguntas son las puertas a las nuevas posibilidades. En las épocas más oscuras del pensamiento occidental, las preguntas se han restringido.
A quien teme preguntar, le avergüenza aprender.
Proverbio danés
¿Será cierto? Algunas distinciones son necesarias; por ejemplo, la pregunta como una forma de indagación, así como una forma de comunicación. Muchos ponen signos de interrogación alrededor de un enunciado insultante; eso no es una pregunta, sino polemizar, utilizar el lenguaje en contra del entendimiento. Se trata de una consigna disfrazada de pregunta utilizada para defenderse de una respuesta que les devuelva algo nuevo, protegiéndose de una respuesta que les haga cuestionarse.
El lenguaje con palabras le pertenece únicamente al ser humano. De ahí surge la sofisticada actividad de preguntarse. Cuando decimos que un perro se pregunta dónde estará su amo, estamos humanizándolo; quizá el perro sabe si está o no está, pero creer que se pregunta a sí mismo a dónde fue es, tal vez, osado. La forma en la que el ser humano se ha ido apropiando del mundo ha sido preguntándose. Muchas veces se ha descalabrado; es probable que, de no haberlo hecho, seguiría aun comiendo la carroña que dejaban las fieras después de haber saciado el hambre. Sí, comer carroña como los buitres, debiendo su subsistencia a lo muerto, a lo que dejan otros más fuertes, asumiendo que se es incapaz de producir algo para sí.
Si reflexionamos más profundamente, podríamos decir que cuestionarse es una manera de caminar en la vida. Es una manera de mantenerse flexible y, a la vez, conservar un intercambio con el mundo externo. Preguntar es la base misma de pensar. Las preguntas son las puertas a las nuevas posibilidades. En las épocas más oscuras del pensamiento occidental, las preguntas se han restringido. Cuestionar ponía en duda el saber, un saber sostenía una estructura de poder. Cuestionar el saber equivalía a cuestionar el poder. Desconfíen, pues, de quien prohíba las preguntas.
Para que el poder no se convierta en uno absoluto debe ser cuestionado, y eso provocan las preguntas: cuestionarlo. ¿Qué podemos pensar de una autoridad que no permite ser cuestionada? El poder que no lo admite es un poder pobre sostenido de un pensamiento único; sobre todo es un poder que carece de respuestas, porque probablemente no puede legitimar su lugar de poder. El candado del silencio es la fuerza con la que ejercen el poder. La desconfianza surge cuando las preguntas dejan de ser posibles.
En el campo de lo individual hay muchas maneras de preguntarse en la vida. Hay preguntas que desean torturar, más que procurar comprender. Hay otras que simulan una pasión obsesiva, la cual busca, más que abrir un abanico de posibilidades, dar un latigazo (¿por qué hice tal cosa?, ¿cómo pudo hacerme esto?, entre otras). Se trata de “preguntas” que sobrevienen ante el arrepentimiento y el dolor, son sus expresiones, no provienen de la curiosidad. Cuidado ahí.
Un lugar de preguntas por excelencia es una terapia. En la terapia psicoanalítica no se trata de que le descifren a uno sus enigmas, como si se tratase de un traductor experto, sino de colocarse en una continua dialéctica de la pregunta ante uno mismo: el qué, el porqué, el cómo, el para qué, el qué tal o el ¿y si? Este pasaje de ser descifrado pasa a descifrarse. Preguntarse puede tomar meses o quizás años o la vida... o nunca llegar. Sin embargo, en psicoanálisis de eso se trata: de que uno mismo pueda cuestionarse, de que no existan tabúes ni candados. Se trata de que no haya nada que no pueda ser preguntado; lo que no quiere decir que se van a conseguir todas las respuestas. No. Lamentablemente no, la cuestión es que no exista un tema que no pueda ponerse en duda. Cuestionarse, vale aclarar, no es romperse, no es cortar con los vínculos, sino detenerse. Es pensar, indagar sobre aquello que nos pasa y en lo que a veces, sin querer o sin saber, nos vamos sumergiendo hasta quizá no ver más nada.
Preguntar es un arte y conlleva muchas satisfacciones en la vida. Una buena conversación no se trata tanto de que dos personas tengan “algo” interesante que decirse, sino de dos personas con la capacidad de plantearse buenas preguntas, sobre todo que estén interesados en aprender del otro. Se trata de escuchar, de encontrar en ese otro un espejo y permitir, a su vez, al otro ser un espejo más que sólo un reflejo...
Y ustedes, ¿saben preguntar? ¿Saben escuchar? ¿Temen preguntar? ¿Temen escuchar?
