El diablo está en los detalles

El original de esta frase se le atribuye al escritor Gustave Flaubert “El buen Dios está en los detalles”, aunque fue el arquitecto Mies van der Rohe quien la hace suya y la transforma en “el diablo está en los detalles”. Al margen de la anécdota, debemos ...

El original de esta frase se le atribuye al escritor Gustave Flaubert (“El buen Dios está en los detalles"), aunque fue el arquitecto Mies van der Rohe quien la hace suya y la transforma en “el diablo está en los detalles". Al margen de la anécdota, debemos señalar el pequeño detalle, por demás inquietante, de hacer una equivalencia entre el diablo y el buen Dios, con resultados de sentido similares, así es como finalmente llega a nosotros. Esta frase, que se volvió refrán, resalta la importancia de ser minucioso, de cotejar cada parte de un proyecto y de hacerse todas las preguntas necesarias antes de considerar cerrada la investigación.

Esta columna busca insistir en el ejercicio de advertir detalles que en muchas ocasiones se han vuelto ya invisibles, recuperar la atención sobre eso que ya está tan mecanizado que cuenta una historia sin ni siquiera enterarnos de ello. Los detalles pueden ser gestos entre las personas, rituales que se realizan a diario, maneras de hablarse, de pasarse objetos, del uso de cosas, hasta los elementos decorativos de una casa, los utensilios clave de limpieza, etcétera. Están también los detalles técnicos que requieren de expertos; por ejemplo, los detalles de la construcción de una casa o, en lo macro, el manejo de una ciudad, ya ni se diga de un país. Un vergonzoso ejemplo fue la conclusión del reporte de una empresa francesa que en 2014 ya señalaba que las fallas en el Metro de la Línea 12 tenían su origen en la incompatibilidad entre la interfaz de los rieles colocados y las ruedas de los vagones. Pequeño detalle.

Retomemos nuestras acciones cotidianas, como compartir la mesa. En una casa se puede observar si hay un lugar fijo o no de los comensales, cuánta atención le dedican al ritual de la comida, si encienden la televisión para distraerse, si utilizan constantemente teléfonos celulares, si leen el periódico en presencia de otros —como si no estuvieran los demás—, cuándo comienzan a comer y cuándo se levantan, si, al final, algunos permanecen solos comiendo. Todo esto comunica garrafal información acerca de la empatía, cuidado o atención que se tienen entre los miembros de la familia, así como de las barreras que se interponen entre ellos o no o de la búsqueda de conexión.

Hay personas que pueden rodearnos a diario, pero no necesariamente nos ven.

Dice Marta D. Riezu, en el libro Agua y jabón, “quien bien nos quiere se fija en lo que nos gusta, pero quien nos aprecia de verdad memoriza lo que detestamos. Para ahorrárnoslo, sobre todo, pero también para esgrimirlo en un momento tenso y hacernos reír”. En esos microgestos está la gratitud, la amabilidad y el extremo del borrarse y ceder siempre, y así nunca elegir un restaurante o una película o el lugar dónde sentarse. Ceder no es siempre permitirle al otro darle un lugar, también puede ser que se dejaron de desear pequeñas cosas.

¿Qué sucede en las relaciones amorosas o familiares? ¿Qué piensa la persona que está esperando a recibir detalles del otro para confirmar que es amado? Podría decirse, entonces, tal o cual cosa acerca del que es observado; aunque también dice acerca del que lo espera que pareciera tener al otro en una prueba constante para cumplir expectativas.

El tiempo y cómo lo dedicamos a lo que nos parece realmente importante dicen mucho de nosotros. Poner algo en la agenda no quiere decir cuidar de ello en el sentido de ponerle atención. Dedicarles tiempo a los hijos, a los padres, darles tiempo a los compañeros de trabajo que puedan necesitarlo… Sí, compartir el tiempo es la vida misma.

Si llevamos esta reflexión a las tareas creativas, podemos decir que los caricaturistas son los maestros de atender los pequeños detalles. Saben elegir el trazo perfecto para representar sus personajes y no se trata de que haya un solo trazo distintivo, sino que cada uno logra avistar algo diferente, que quizá sólo alguien más de ellos había podido señalar. La caricatura es el arte de los pequeños detalles que se convierte en arte cuando consigue enlazar el humor al reconocimiento del rasgo.

Cabe puntualizar que existe el riesgo de que el cuidado por los detalles se pueda convertir en una obsesión. La palabra cuidado viene del latín cogitatus, o sea: pensar, ponerle atención a algo. La palabra obsesivo viene del latín obssesius, que es tener una idea fija en la mente. Así que pensar sobre algo no es lo mismo que tener una idea fija en la mente. Es quizá sólo un detalle, el cual hace toda la diferencia. El diablo, nuevamente, está en los detalles.

Por último, quiero retomar esos objetos tan sencillos como el agua y el jabón. Al leer a Riezu, ella relata la anécdota de cuando le preguntaron a Cecil Beaton (fotógrafo y modista inglés, diseñador del vestuario de la película My Fair Lady) ¿qué era la elegancia para él? Respondió: “Agua y jabón”, que es lo mismo que decir que lo elegante es lo sencillo, lo útil, lo de toda la vida.

Todo habla y todo nos habla. Debemos estar dispuestos a mirar más allá de lo que ya hemos decidido que conocemos acerca del mundo y de nosotros mismos, porque ahí está el detalle.

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