Por Marilú Esponda*
Hay una brecha que nadie nombra en las organizaciones. No es la brecha salarial, aunque también existe. Es la brecha entre quienes son las personas más valiosas de un equipo y quienes son percibidas como las más valiosas. Y esa brecha, en el caso de las mujeres, es más profunda.
Durante años trabajando con líderes de diversas industrias ayudándoles a comunicar mejor, descubrí lo siguiente. Las profesionales más brillantes compartían un patrón: historial impecable y entregas consistentes, pero reconocimiento pobre. No porque les faltara talento, sino porque nadie les había dicho que el talento, solo, no es suficiente. A esto lo llamo la paradoja del talento: entre más te concentras en hacer bien tu trabajo, menos energía inviertes en hacer visible lo que haces. Y el mercado —los consejos de administración, los comités de selección, los inversionistas— no recompensa el talento que no puede verse. Recompensa el talento que sabe narrarse.
• “El líder más poderoso no es el que más sabe, sino el que mejor comunica lo que sabe”.
Las mujeres en posiciones de liderazgo enfrentan un doble estándar conocido: si hablan demasiado de sus logros, son percibidas como arrogantes. Si no lo hacen, son ignoradas. La salida no está en encontrar el punto medio de ese dilema. Está en cambiar completamente el terreno de juego.
La visibilidad profesional no es vanidad, es arquitectura. Y como toda arquitectura, tiene estructura, materiales y propósito. Colaborando con CEOs y directivas identifico al menos tres niveles donde el talento puede quedarse atascado. El primero es el de la competencia técnica —lo que sabes hacer—. El segundo es el de la experiencia acumulada —lo que has hecho—. El tercero, el que marca la diferencia real, es el de la narrativa: la capacidad de articular, con claridad y convicción, lo que representas y adónde vas con tu trabajo.
La mayoría de las profesionales más capaces que conozco dominan los dos primeros niveles. El tercero lo delegan, lo evitan, o simplemente no saben que existe.
• “El poder no se improvisa. Se diseña”.
No nací sabiendo esto. En mi experiencia personal durante casi una década me dediqué a comunicar las ideas de otros mejor que las mías propias. Era buena en hacer visibles a los demás. Un día me pregunté en voz alta: ¿por qué no hago esto para mí? Esa pregunta cambió mi carrera.
Hoy a esta construcción narrativa la llamo “Arquitectura de Poder Personal’, una estructura comunicativa que le permite a las y los líderes definir quiénes son con cómo son percibidos, y conectar esa percepción con las oportunidades que merecen. No es maquillaje. Es ingeniería.
Si eres de las que cree que hablar de tus logros es presumir, te propongo un ejercicio: piensa en la última persona que fue promovida en tu organización. ¿Era la más capaz del equipo? ¿O era la que mejor sabía articular su valor? La respuesta casi siempre incomoda.
El talento sin visibilidad es potencial desperdiciado. Y el mundo necesita, urgentemente, escuchar a las mujeres que tienen algo real que decir.
La pregunta no es si mereces ser vista. La pregunta es: ¿estás construyendo las condiciones para que te vean?
*Consultora en posicionamiento y comunicación de liderazgo
X: @mariluesponda
