Trump es el lastre; Sheinbaum, el activo rumbo a 2027

Gustavo Rivera

Gustavo Rivera

Cinco elementos

Mañana vota Estados Unidos  y el dato clave es uno: Donald Trump llega a su elección intermedia con 37% de aprobación en el promedio de Nate Silver y 30% en la encuesta de Pew, el nivel más bajo de sus dos mandatos. Seis de cada diez estadunidenses lo desaprueban; la mitad lo desaprueba con intensidad. Ningún presidente había llegado tan débil a una intermedia desde Truman en 1946. En 2018, con 44% en Gallup, los republicanos perdieron 40 escaños. Hoy están peor.

Silver, el analista electoral más influyente de ese país, lo resume así: Trump es “el factor más importante de la elección” y produce un “efecto halo negativo” sobre cada candidato republicano. El voto genérico favorece a los demócratas por ocho puntos; el modelo de Silver les da 75% de probabilidad de ganar el Senado. Un 44% de los votantes dice que su voto es, sobre todo, contra él. El presidente que en 2024 ganó con el voto obrero se convirtió en el lastre de su partido.

Lo interesante es cómo pasó. Trump conserva el discurso intacto: sigue hablando como el hombre que se peleaba con las élites en nombre de la gente. Lo que cambió fueron las decisiones. Los aranceles del llamado Día de la Liberación fueron la primera caída en su aprobación, porque la gente, dice Silver, “de verdad no quiere aranceles”. Después vino la guerra con Irán y el cierre del estrecho de Ormuz, que disparó la gasolina y empujó la inflación a 3.7% en septiembre. Su aprobación en economía está en 34%, la más baja de su carrera, y en costo de vida en 17%. Mientras tanto, el presidente construye un salón de baile de 400 millones de dólares en la Casa Blanca, acepta un avión de Qatar, indulta a un empresario de criptomonedas y enfrenta una demanda por sus negocios en ese sector. Silver lo describe con crudeza: Trump anda en campaña hablando de trivialidades “cuando los republicanos no quieren hablar de él”.

Richard Neustadt escribió hace 60 años que el poder del presidente descansa en su prestigio público: sin él, el partido deja de obedecer y el Congreso deja de temer. Trump conserva el lenguaje del pueblo y perdió el prestigio, porque el pueblo juzga el precio de la gasolina antes que el tono del discurso. Una cosa es sonar cercano. Otra es tomar decisiones que le cuestan al bolsillo de quien te escucha. Un tercio de quienes votaron por él en 2024 ya no lo aprueba.

El contraste con México es útil porque las condiciones son parecidas y el resultado es el opuesto. Claudia Sheinbaum gobierna con la misma presión arancelaria, la misma amenaza sobre la soberanía y una relación bilateral tensa. Su aprobación está en 70% y sus programas sociales en 68%. La diferencia está en las decisiones: no respondió con aranceles propios, mantuvo la inflación en 3.45%, sostuvo el salario mínimo, no creó impuestos y, cuando el sector salud se movilizó, fue a los hospitales. Trump le habla al pueblo y le sube los precios; Sheinbaum le habla al pueblo y le cuida la despensa. Por eso él es hoy el principal lastre del Partido Republicano y ella el principal activo de Morena rumbo a 2027.

Para México, lo que ocurra mañana importa menos de lo que parece. Si los demócratas ganan la Cámara, habrá más contrapesos y menos margen para aventuras, pero la política de seguridad hacia México corre por agencias que sobreviven a cualquier Congreso. Lo que sí cambia es la lección: un gobierno con 37% de aprobación negocia distinto que uno con 70%. La Presidenta llega a la mesa con un activo que su contraparte perdió.

Queda la reserva. La aprobación es un activo que se gasta. La de Sheinbaum bajó tres puntos en un año, la seguridad sigue con mayoría de opiniones negativas y la corrupción apenas alcanza 22% de aprobación. El caso Trump enseña que el prestigio se pierde por decisiones antes que por discursos. La Presidenta lo sabe y gobierna en consecuencia. La pregunta de 2027 es si el resto de su partido también lo sabe.