Sheinbaum, la diplomática

Gustavo Rivera

Gustavo Rivera

Cinco elementos

Hay noticias que se anuncian y noticias que se deslizan. El 7 de agosto, la presidenta Claudia Sheinbaum informó casi de pasada, en plena mañanera, el restablecimiento de relaciones diplomáticas con Perú; la cancillería había publicado el comunicado conjunto minutos antes. Sin tarima, sin solemnidad impostada, con la naturalidad de quien remata semanas de trabajo. La diplomacia se reconoce menos en los comunicados que en el tono. Esta semana el tono contó tres historias.

La primera es Perú. Las relaciones, heridas desde la caída de Pedro Castillo en 2022 y rotas del todo en noviembre de 2025 tras el asilo a Betssy Chávez, parecían congeladas por ideología: gobierna en Lima Keiko Fujimori, el polo opuesto del proyecto mexicano. Sheinbaum resolvió el nudo con una frase de manual clásico: importa que México tenga relaciones con el mundo más allá de la orientación política de los gobiernos. Reconoció el salvoconducto a Chávez como gesto de buena voluntad, agradeció sin exagerar y sostuvo su posición histórica sobre Castillo en la misma respiración: “es un paso”. Restableció la relación sin renunciar al principio. Eso, en cualquier cancillería seria, se llama oficio.

La segunda es Colombia. Tras el sismo de 7.4, con más de 200 muertos, el gobierno de Abelardo de la Espriella aceptó únicamente alimentos, medicamentos e insumos, y rechazó a la brigada de rescatistas de la Defensa por una certificación adicional, mientras admitía equipos de Estados Unidos, El Salvador, Ecuador e Israel. Bogotá alega que sus equipos certificados bastan y que nadie fue excluido; el contraste de la lista habla solo. La trampa estaba servida: un desaire con lectura ideológica lista para el pleito tuitero. Sheinbaum la esquivó completa. Corrigió en público su propio dato del día anterior, cosa que casi ningún político hace; despachó 58.5 toneladas de ayuda; dejó a la brigada lista para salir; y cerró con cinco palabras de mesura perfecta: “ya depende de ellos”. Sin adjetivos. Cuando un gobierno convierte una tragedia en filtro ideológico y el otro responde con víveres y serenidad, el tamaño de cada personaje queda a la vista sin que nadie lo subraye.

La tercera es la más cercana: el aguacate. Lo que pudo desbordarse en crisis mayor, con la cadena de comercialización tensada por la extorsión y la frontera cerrada de facto, terminó la semana con la exportación reactivada al cien por ciento y con más de nueve mil efectivos desplegados en la franja aguacatera y con Omar García Harfuch sentado en la 21 Zona Militar de Morelia junto al secretario de la Defensa y los productores, sin el gobierno estatal en la mesa. El hombre fuerte de la seguridad convertido en embajador del aguacate mexicano: interlocutor directo de un gremio que exige resultados, garante de que el expediente siga en el carril del trabajo y de la diplomacia bilateral. François de Callières escribió hace tres siglos el manual que aún leen los negociadores: el buen diplomático escucha más de lo que habla y jamás humilla a su contraparte, porque negocia para durar. Es una descripción bastante exacta de la semana presidencial.

Sería deshonesto confundir elegancia con desenlace. Castillo sigue preso y la posición mexicana sobre su caso sigue sin resolverse; el desaire colombiano quedó registrado, aunque se haya administrado bien; y en Michoacán la extorsión es un problema estructural que ninguna reunión a puerta cerrada disuelve. Los gestos abren puertas; mantenerlas abiertas cuesta años.

Pero la pregunta ya quedó planteada, y es más ambiciosa que cualquiera de los tres episodios. Una presidenta que negocia con Washington sin estridencia, restablece puentes con adversarios ideológicos y convierte crisis en mesas de trabajo tiene el temperamento que la región lleva años sin encontrar. Lo que sigue pendiente es si querrá usarlo más allá de la defensa propia: si la diplomática de reacción está dispuesta a volverse protagonista. América Latina ya tomó nota del tono y la semana dejó planteada la cuarta prueba, la más delicada: Washington canceló la visa de un hijo del expresidente. La respuesta de Sheinbaum fue pedir pruebas y descartar el conflicto. Otra vez el tono. Falta ver si alcanza.

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