México frente al nuevo orden global
Conviene sostener legitimidad y mostrar control.

Gustavo Rivera
Cinco Elementos
En Davos, Donald Trump no fue a pedir confianza: fue a cobrarla. Ante el Foro Económico Mundial dejó claro que su nueva normalidad son los aranceles, la frontera como política económica y la seguridad como condición para comerciar. Es, en los hechos, el nuevo orden global de Trump: un mundo donde el acceso al mayor mercado del planeta se administra con amenazas, berrinches, premios y castigos. México no puede actuar como si ese giro ocurriera en otro continente.
¿En qué consiste el nuevo orden global? En que se acabó la era de la globalización como promesa de integración económica y política. Entramos a un terreno multipolar donde los grandes poderes vuelven a trazar esferas de influencia –EU, China, Rusia– y a mezclar comercio, tecnología y defensa en una misma caja de herramientas. El mercado ya no es sólo intercambio: es presión. Y las cadenas de suministro, antes diseñadas para abaratar, ahora se rediseñan para no depender del rival.
¿Cómo llegamos aquí? A golpes: pandemia, inflación, guerras, escasez de insumos, y una política interna que convirtió la desigualdad en combustible electoral. La globalización fue eficiente, sí; también fue cruel con muchos: engendró desigualdad, migración forzada e inseguridad. Trump entendió esa fractura y la convirtió en doctrina: proteccionismo comercial, castigar déficits, premiar lealtades. Davos fue su aviso: las reglas del comercio ya no se escriben sólo en tratados, también en discursos y amenazas.
Las consecuencias de lo que está haciendo EU son visibles: alianzas más transaccionales, instituciones multilaterales con menos autoridad y una diplomacia que usa aranceles, inversiones y energía como palancas. En el hemisferio occidental, además, Washington insiste en recuperar una lógica de patio o zona de influencia, según su Estrategia Nacional de Seguridad: estabilidad regional, control migratorio y combate al crimen organizado como prioridades, y poco margen para que actores externos ganen posiciones estratégicas.
México, por geografía y por economía, queda dentro de esa esfera de influencia. Eso tiene costos y oportunidades. El costo: el T-MEC se vuelve más político; a cada negociación comercial se le pega una exigencia de seguridad o de migración. También crece la presión para limitar la presencia china en sectores sensibles, desde infraestructura hasta tecnología. La oportunidad: la relocalización industrial favorece a quien ofrezca reglas claras, energía suficiente, logística segura y Estado de derecho.
En ese contexto, la apuesta de la presidenta Claudia Sheinbaum no es sólo de política pública: es de posicionamiento. Su comunicación busca ocupar el terreno de la honestidad, la responsabilidad y los resultados, y presentar su mandato como defensa concreta de México en tiempos de proteccionismo comercial y riesgos de seguridad. La lógica es simple: si afuera suben el tono, adentro conviene sostener legitimidad, mostrar control y aislar a los extremos. La idea de fondo es blindar el margen de maniobra: cooperar en migración y seguridad sin ceder soberanía, y convertir la integración norteamericana en empleo y bienestar: coordinación sin subordinación.
Por su parte, la oposición aparece como el reverso: poco confiable, apátrida, más dispuesta a subordinar el interés nacional –o a convertir la relación con Washington en pleito permanente–. Concentran su energía en denunciar un supuesto autoritarismo en momentos de cerrar filas frente a la amenaza externa más importante que México ha enfrentado en 70 años. Ni una palabra sobre cuál debe ser la postura de México frente al nuevo orden global. La lección es sencilla: en el nuevo orden global, la soberanía se mide en capacidades. No basta con indignarse ante los aranceles; hay que reducir vulnerabilidades. Si México quiere margen, debe seguir fortaleciendo aduanas, infraestructura, seguridad, sistema eléctrico y certidumbre jurídica y regulatoria. Y si quiere negociar, necesita algo más que razones: necesita poder de ejecución.
La nueva era de proteccionismo comercial y riesgos de seguridad ya está aquí: la diferencia es si nos encuentra preparados o improvisando. Porque la globalización ya no es destino: es una opción que otros pueden cerrarte. Eso dejó Davos: menos certezas, más negociación y un México obligado a pensar en grande. Sin ingenuidad ni estridencias.