La evaluación del impacto de las políticas públicas se da en el largo plazo

Guillermo Zamarripa

Guillermo Zamarripa

De convicción liberal

Tomar decisiones sobre políticas públicas relevantes es complejo. Hay que analizar las consecuencias inmediatas, pero también años después. Además, en ocasiones, hay costos inmediatos que pueden frenarlas. Un mal proceso de decisión lleva a consecuencias adversas no deseadas.  

En estas fechas se cumplieron diez años del Brexit. Es un buen caso de análisis de qué no hacer y cómo la realidad resulta más compleja de lo que se piensa. 

El planteamiento inicial fue malo. Someter a votación una decisión de política pública tan compleja fue una mala idea. Un entendimiento limitado del tema junto con una percepción de afectación provocó sesgos en la votación. 

Un ejemplo de grupo que votó en contra fue en las ciudades industriales que habían perdido trabajos manufactureros. Se percibía que el origen del problema era ser parte de la Unión Europea. 

La realidad es que la pérdida de empleos se explicaba por China. Esa tendencia se mantiene. 

La salida de la Unión Europea ha generado barreras al comercio internacional en términos de mayores trámites. Quienes más sufren son las empresas pequeñas y medianas que importan productos. 

Otro de los argumentos era la migración. Los datos de 2016 indican que, había migración, pero la mayoría venía de Europa. Hoy, el Reino Unido sigue con el problema, pero ha cambiado: tienen más migrantes y de fuera de la comunidad. 

A 10 años de la votación, la percepción sobre la decisión es mala. La gente entiende que no hubo las soluciones que esperaban y en algunos aspectos están peor. Hoy, 60% está a favor de la Unión Europea y 40% en contra.

Hay que aprender de casos como el Brexit no poniendo a discusión políticas públicas que han funcionado de manera adecuada en el largo plazo. Siempre hay que entender que algunos grupos las pueden cuestionar porque les implican costos. La decisión de Estado debe ser continuar.

En México se adoptaron algunas políticas públicas con visión de largo plazo que se han mantenido en administraciones de distintos partidos. El resultado hoy es positivo. Doy tres ejemplos en los que el tiempo ha hecho evidente que se trata de buenas políticas públicas. 

El primero es el T-MEC. En su momento hubo oposición, pero resultó ser una gran herramienta de desarrollo económico para México. Transformó el país para volverlo una de las fábricas del mundo. También impulsó el desarrollo en muchos estados.

El segundo es la estabilidad macroecónomica. Para lograrla se requiere de finanzas públicas sanas, es decir, tener restricción en el gasto, lo que genera críticas. Después de varias crisis en las décadas de los 70, 80 y 90, se logró el consenso de tener la casa en orden. Esto explica que no hayamos tenido una crisis económica en 30 años. 

El tercero es el Sistema de Ahorro para el Retiro. Inició operaciones en 1997 y hoy administra ahorros de las y los trabajadores de México por casi nueve billones de pesos que equivalen a 24% PIB. 

La cuenta individual es el principal patrimonio financiero de las familias en México. Los recursos contribuyen a financiar la actividad productiva como inversiones en infraestructura. El SAR no ha estado libre de críticas. 

Es importante reconocerle a este gobierno cómo en los tres casos ha hecho propias estas políticas públicas y las ha defendido en el interés de nuestro México.