No la ven, no la oyen y, menos, la obedecen
El crimen tomó un segundo aire con De la Madrid.
Siendo así, México pasa por un esquizofrénico escenario, en el que los poderes no colaboran ni se coordinan en un ambiente de respeto e independencia. Ellos han comenzado a jugar al tío Lolo, sigue cada uno la propia agenda. Ésta, por supuesto, nada tiene que ver con el orden social ni con el interés público, sino con el claro y evidente objetivo que todo morenista tiene como mantra, hacerse del poder, mientras se carrancea lo que le queda al alcance.
En lo único que se parece este lamentable episodio de la crónica nacional, al periodo de guerra civil ocurrido en el siglo XX, conocido con el mote de “revolución”, es que todo es desorden, atraco y violencia. Sí, todos aquellos que se hicieron del poder, autonombrándose héroes de la República, repartieron lo que no era suyo, inventando una clase política a partir de insurrectos, levantados y frustrados sociales, expertos en todo, menos en administrar la hacienda pública. Hagámonos a la idea, esto se parece mucho a 1912, y todos los que están en el poder tienen una sola divisa: quítate tú, para ponerme yo.
Eso que, para los recién arribados al poder, fue la tercera transformación, se caracterizó por tomar a la fuerza lo que supuestamente le fue arrebatado al pueblo. Pero, la “revolución”, sólo hizo justicia a los que la encabezaron. 20 años después, para defender la narrativa del movimiento, usaron viles maquinaciones, repartieron tierras ajenas para conservar lo que ya se habían embolsado. Durante dos décadas nadie vio realmente un cambio, no lo hubo. Algunos comenzaron a inconformarse, amenazaron con acusar a los de arriba de ser lo mismo, terminaron muertos.
Los burdos personajes que desbancaron al verdadero héroe de la Batalla de Puebla se arrebataban los puestos de la forma más vulgar posible, eso, mientras llenaban grotescamente los bolsillos a la vista de todos. La pobreza no se fue. Los que antes pagaban se habían exiliado en pos de un Estado de derecho. La industria y el comercio vivieron sus peores momentos. México no podía colocar más deuda. Decidieron, entonces, apoderarse de lo ajeno, para seguir pagando lo que ya eran programas electorales, digo, sociales.
Abelardo Rodríguez emprendió la primera campaña de abrazos no balazos, sentando los cimientos del crimen organizado a gran escala. Toda suerte de negocios ilícitos comenzó a florecer en territorio nacional. Con protección gubernamental, los capos fundaron en el occidente la primera ruta comercial del tráfico de sustancias ilícitas.
Cárdenas cedió ante la presión de Estados Unidos, sacó a las empresas europeas del país, al tiempo de expropiarles su mayor activo, la industria petrolera. Con un exótico pagaré, el gobierno federal comenzó a drenar Pemex, volviendo necesario vender crudo a toda costa. No había ingenieros petroleros, ni el expertise requerido, por lo que esa petrolera no dudo en convertirse en socia del Tercer Reich, hasta que, con un manotazo, un torrente de recursos y un sospechoso hundimiento, Washington hizo del subsuelo nacional el albergue de su reserva de crudo, el cual sacó poco a poco.
Con la blanda e inepta mano de De la Madrid, el crimen tomó un segundo aire, pero, sin discusión, fue en la tercera transformación cuando surgió lo que hoy padecemos. Ahora nos gobiernan sus herederos ideológicos y, con ellos, regresó el infierno agazapado en promesas políticas.
Una vez que terminaron con las instituciones, han puesto la mira en lo único que quedó, Morena. La polarización ahora anida entre ellos, y todos cargan puñal, prestos a clavárselo al de al lado. Todo sea en nombre del pueblo bueno.
