Elección espuria

El INE ha servido de escudo a la maquinaria, evitándole disputas. Brinda articuladas certezas de limpieza que son imbatibles en tribunales.

A quien sabe que buena parte de la familia de quien preside el Consejo General del INE cobra, depende y se aferra a la nómina del moreno gobierno de Sonora, no extraña el tortuoso camino que siguieron prácticamente todos los magistrados que integran el Tribunal Federal Electoral, para llegar ahí. La conclusión es demoledora, estamos en manos de personajes atascados en agendas, no de partidos, sino de quienes los regentean. Monreal y quienes operaran para Peña Nieto supieron aniquilar la neutralidad e imparcialidad del órgano que definirá el resultado de la próxima elección.

Se trata de una instancia que no está presente en el imaginario colectivo, es más bien desconocida. Pero, de propalarse más sus desatinos, sería considerada una de las instancias de autoridad menos confiables en el ámbito nacional. Jamás ha podido construir un buen nombre. Troyanos y tirios no reconocen objetividad en sus decisiones. Pensar que el futuro de la democracia está en sus manos, decepciona profundamente. Su heterodoxa integración parece acomodarles, dado que son más los olotes que hay que distribuir.

Si bien es cierto que la mentora e impulsora de la carrera de Felipe Fuentes Barrera ya no se encuentra entre nosotros, su obra permanece, poniendo en múltiples votaciones ese voto definitorio al recaudo de quienes, en provecho propio, mercaron la Presidencia en 2018. Su veleidoso proceder, carente de congruencia y consistencia, hace patente que el cuidar prestigio no es lo suyo. Llegó a la silla por recomendación presidencial y no por una reputación bien ganada en el ámbito jurisdiccional. Pero hay que reconocerlo, les ha cumplido.

Es claro que quienes diseñaron el andamiaje democrático, tras la Revolución Francesa, llegaron a la conclusión de que era preciso que alguien tuviera la última palabra. Sin embargo, ese concepto sólo les ha jugado malas pasadas a los mexicanos, ya que se ha dado el terrible garrote de la verdad formal a personajes que no son dignos de confianza. Así, las fuerzas políticas no apuestan a convencer con razonamientos, sino a generar incentivos para construir mayorías de votación. Los criterios de ese tribunal son más que flexibles, oportunistas y acomodaticios. A un mes de haber iniciado oficialmente el proceso electoral, pero a casi dos años de que ello en realidad ocurrió, hasta Córdova está hecho bolas, no sabe que los mexicanos pugnamos por defender la autonomía de la función electoral, y no al malogrado experimento que sólo propicia incertezas, inequidades y desbalance en la arena comicial. Es evidente que la baja participación del electorado y el creciente intervencionismo del crimen son producto de la autocomplacencia burocrática; de la arrogante calificación que hacen de sí mismos los consejeros, y de un entorno que prefiere cuidar la imagen de las instituciones, antes de aceptar que han fallado.

El medir el supuesto éxito del INE, a partir de lo que no pasó, es infantil y vergonzoso. La ausencia de conflictos postelectorales no es producto de la operación de ese instituto, sino de la instauración de un esquema que blinda y protege, a quien sabe operar y hacer trampa a escala definitoria.

El INE ha servido de escudo a la maquinaria, evitándole disputas. Brinda articuladas certezas de limpieza que son imbatibles en tribunales. Todo está basado en asunciones y ficciones de legalidad, que acaban con cualquier procedimiento impugnatorio antes de que éste inicie. Siendo así, los derrotados quedan inermes ante un trabuco que baña de legalidad a lo que no es, sino una imagen producida por quien tiene a su alcance los medios financieros y/o las estructuras necesarias para operar un abultado resultado. Antes, manipulando urnas y boletas. Ahora, confeccionando actas, con la obligada participación de funcionarios de casilla indispuestos a ofrendar su vida en defensa del voto. Esto último ha evitado tener que involucrar directamente a los votantes, con los enormes costos y riesgos que ello implica.

El garlito es hacer llegar al Consejo General una narrativa respaldada con una cómoda ventaja “documentada” en actas, para que el oráculo de la democracia limpie cualquier chiquero, incluso, el que hubiera armado la delincuencia. En 2018 coincidió la preferencia de quien estaba en la silla, con los intereses del crimen organizado, ambos, urgidos de abrazos. Lo demás es historia.

Temas: