Trump no hizo nada que no hubiera hecho Simón Bolívar; derrocó a un tirano y liberó al pueblo venezolano de un insufrible autócrata. A diferencia de éste, el presidente del vecino país no se sentará en la silla vacía, como sí lo hacía el libertador en los países que “liberaba”, por no decir, de los cuales se apoderaba. México no ha opinado sobre el tema porque ésta es una nación que está más que divida en opiniones al respecto. El gobierno aquí se ha apresurado al reprobar una acción que hace del obsoleto discurso izquierdista un objetivo político-militar. Lanza un penoso mensaje que no encuentra eco en la población, tal y como sucedió con las bravatas que Maduro profiriera en Miraflores.
En lo que el polvo se asienta, es oportuno hacer memoria. Calles no era un apellido propio del polémico personaje, lo tomó de quien se arrejuntará con su madre, tras ser abandonada por su padre. Sí, se lo agandalló, como muchas otras propiedades y recursos financieros, de los cuales nunca dio razón. López Obrador se dijo creyente de la honestidad valiente, cuando es claro que nunca fue lo uno ni lo otro, se agandalló el lema para disfrazarse de prócer. A la vuelta de muy pocos meses de su salida de Palacio Nacional no es cobre, sino una sustancia vil la que ha salido a relucir con la más ligera revisión de su gestión. No hizo historia, sino el ridículo.
El autonombrado Calles fue hábil al ocupar carteras del gabinete a su salida de la Presidencia, ello le generó un capelo protector, supo hacer del encargo plataforma para seguir mandando. A López no le convenía ocupar un puesto, sabía que el mugrero estaba por emerger y no estuvo, ni está, dispuesto a dar la cara, pero, sobre todo, para él, resultó inaceptable ser subordinado de quien, a su modo de ver, todo le debe.
A la llegada de Cárdenas comenzaron a brotar todo tipo de escándalos en contra del Jefe Máximo de la Revolución, destacando una larga lista de desaparecidos. El michoacano llegó al poder con un gabinete mayoritariamente impuesto. Sabiendo que el bagaje de corrupción de su mentor era impresentable; no le dio fuero alguno, pero al principio tampoco lo puso en la picota, es más, cerró los ojos lo más que pudo. Se supo de forzadas comisiones que cobró por todo tipo de negocios, y de abultadas cuentas en el exterior. Los manejos de Calles pasaron de ser cuestionables a inmanejables para el gobierno de la República.
Mucha gente piensa que Cárdenas llegó haciendo limpia y poniendo al borde de la expulsión a Plutarco. Lo cierto es que se tragó el sapo durante más de un año. Echó tierra a los expedientes. Miró hacia otro lado cuando la prensa acorralaba al saliente con elementos fundados. Se le acusaba y ponía en evidencia un día sí y al otro también. Historias cada vez más negras manchaban a un gobierno que decía haber llegado de la mano del pueblo. Los abusos de autoridad y los excesos en la formación de un negro patrimonio finalmente hicieron que el Ejecutivo federal tuviera que echarlo del país, privándolo incluso de algunos caudales.
No fue sino hasta terminado el primer trimestre del segundo año de gobierno cuando la decisión fulminante fue notificada por elementos castrenses, aquel ya olvidado 10 de abril, en el que, finalmente, Cárdenas se decidió a no tolerar más el ser otro segundón en la silla, afrentado por el cinismo y descaro de quien le empleaba como tapadera. ¿Será acaso que sigan acumulándose paralelismos y que el Jefe Máximo de la Transformación llegue a ser una carga demasiado pesada de sobrellevar? Algo se tendrá que hacer, pero el segundo año apenas empieza.
