The Boys
Con Trump o Biden o quien sea en los controles, es decir, con Estados Unidos como marca registrada de una corporación militar en el marco de la amenaza por el terrorismo global (y doméstico) en el siglo XXI, la conexión con la trama de The Boys parece ni mandada a hacer.
El filólogo Juan Miguel Lope Blanch decía que Estados Unidos era un país “sin nombre”. El reparo apuntaba al absurdo que supuso alzar la nación más poderosa del mundo con la decidida colaboración de migrantes de todo el planeta, pero al mismo tiempo ver y escuchar renegados de esa diáspora, marcadamente sobre la que “ni siquiera” habla inglés. Casi llegado al primer cuarto de siglo del nuevo milenio, ese discurso convenenciero (mano de obra barata y trato inhumano) reanima sus dimensiones violentas desde la ultraderecha, y nada mejor que el trumpismo para ornamentar ese movimiento.
Cuando en 2001 un par de aviones se estrellaron contra las torres gemelas de Nueva York, las pantallas de los noticiarios mostraron imágenes de “pueblos islámicos” en pleno jolgorio por los atentados del 11-S. Días después, con los alcances de la internet de entonces, se podía seguir “en tiempo real” la ofensiva del ejército del país de las barras y las estrellas en Afganistán e Irak a través de un mapeo, en algo muy parecido a los videojuegos del viejo Atari: una sucesión de lucecitas que aparecían sobre una pantalla negra, con lo que se indicaban los puntos bajo fuego. Se alteró la percepción de las cosas. Se podía hacer el amor y al mismo tiempo enterarse de los ataques. Acaso tomó forma definitiva lo que Giovanni Sartori llamó “la sociedad teledirigida”.
Hoy en día, tiktokeros y demás entusiastas de las redes sociales se llenan la boca porque la bala contra Donald Trump no dio en el blanco. Llegado a este punto, no puedo imaginar otra cosa más que el lamento de Joe Biden y su círculo cercano por la misma situación. Hablando en claro, el magnicidio del polémico expresidente habría desatado una crisis global, aseguran los expertos, pero a estas alturas todo el mundo se detiene en la consideración de que ese acto fallido le dio pase automático a su retorno por todo lo alto al Despacho Oval. Rodeado de agentes, la foto del hombre con el puño en alto y un par de hilos de sangre en la mejilla potencian su acerba voluntad camino a Washington.
Sin embargo, el ánimo bélico de Estados Unidos está patentado y más que probado. El apoyo de Biden a Israel en su empeño por hacer polvo a Palestina le cobrará factura electoral entre la comunidad musulmana del vecino país del norte. Pero con Trump o Biden o quien sea en los controles, es decir, con Estados Unidos como marca registrada de una corporación militar en el marco de la amenaza por el terrorismo global (y doméstico) en el siglo XXI, la conexión con la trama de The Boys parece ni mandada a hacer.
La serie que transmite Amazon Prime muestra a unos superhéroes de laboratorio, controlados por Vought International, aliada del gobierno y poseedora de multimillonarios contratos en materia de seguridad. El abuso de poder, la corrupción y la hipocresía se muestran en cada capítulo. Finalmente, el “Make America Great Again” marca un doble discurso: “Haz grande a nuestro país… y lárgate”, le han escupido a chinos, latinos o pakistaníes de tercera o cuarta generación, hijos o nietos de ciudadanos que nacieron en alguno de los 50 estados de ese país “sin nombre” que, en la praxis, tiene bien definido su puritanismo.
Para no ir muy lejos, con los avances de la ciencia, si la edad de los 40 y los 50 años suponen los nuevos 30 y los nuevos 40, respectivamente, las opciones para quien tendrá las riendas de la Unión Americana son un par de octogenarios ya en deterioro: Biden tendrá 82 en noviembre, Trump recién cumplió 78. Los achaques son evidentes en el caso de Biden, pero el asalto al Capitolio de 2021 fue azuzado por un hombre en pleno uso de sus facultades mentales. Biden o Trump: The Boys, “the real ones”, sin superpoderes, pero con una elevada capacidad de destrucción, se acercan inexorablemente a sus tumbas y tienen al mundo en vilo.
