Brasil: con un pie en el fascismo
La candidatura de Jair Bolsonaro defiende el pasado fascistoide, la tortura, la legalización de las armas y la pena de muerte.
El domingo pasado, los brasileños eligieron presidente y vicepresidente, todos los gobernadores y vicegobernadores, así como diputados federales, dos tercios del Senado y legisladores estatales.
En la presidencial, el ganador fue Jair Bolsonaro del Partido Social Liberal (PSL) con el 46% de los votos (en la Cámara de Diputados es la segunda fuerza), pero deberá disputar una segunda vuelta (al no obtener más del 50% de los sufragios) el 28 de octubre contra Fernando Haddad, candidato del PT (sustituto de Lula), quien obtuvo el 29 por ciento. El proceso electoral fue muy turbulento y violento, especialmente por lo acontecido a Lula y Bolsonaro. El expresidente encabezó las encuestas con 38%, pese a estar sometido a un juicio por corrupción, ser encarcelado y condenado a 12 años, aunque finalmente fue inhabilitado por una ley (sancionada por el mismo Lula) que impide a candidatos condenados en segunda instancia a postularse a un cargo electivo. Si bien este desenlace era previsible, existió incertidumbre (ante la esperanza de un fallo favorable al petista) y cuestionamientos a la legitimidad de la elección, por invalidar “a la mala” al competidor “más popular”.
Si Lula generó pasiones encontradas, el capitán retirado, Bolsonaro (“el Trump brasileño”), ha sido el campeón de la polarización. Su candidatura, muy controvertida por su ultraderechismo, defiende el pasado fascistoide (1964-1985), la tortura, la legalización de las armas, y la pena de muerte; es militarista, homofóbico, racista y machista. Su extremismo lo hizo el candidato más rechazado en los sondeos (44%), incluso apareció un movimiento masivo en su contra en las redes y las calles. Sin embargo, el exdiputado atrajo a los nostálgicos de la dictadura militar, a los partidarios de medidas extremas contra la delincuencia, a los evangelistas y a los resentidos del establishment, de las élites, los partidos y la democracia debido a los escándalos de corrupción en Petrobras y de la clase política; los juicios a Dilma Rousseff (que la desalojó del poder en 2016) y a Lula; la impopularidad récord del presidente Temer; la inseguridad y violencia sin control (63 mil homicidios anuales), el desempleo (13 millones) y la recesión que data del 2014 (la peor en 100 años).
A raíz de que fue acuchillado, Bolsonaro estuvo tres semanas hospitalizado, quedó fuera de los actos de campaña y los debates, no así de las redes sociales y los reflectores mediáticos, y aunado a la salida definitiva de Lula de la contienda, pudo superar su estancamiento en las encuestas, se consolidó en el liderato de la intención del voto y al día de la elección llegó con el 40%. Bolsonaro quedó como el favorito y Haddad, la esperanza de la izquierda. Era el compañero de fórmula de Lula para la vicepresidencia, y al ser inhabilitado éste, lo sustituyó para la lid presidencial faltando menos de un mes para la votación. Aunque en tres semanas pasó de 8% a 25%, no dejó de ser tardía su candidatura presidencial. Además, heredó los negativos de Lula, 41%, que reflejan el rechazo de los mercados, las élites y las clases medias por el retorno del PT al poder.
La mayoría no votó por Bolsonaro, pero su ventaja parece inalcanzable (en Brasil nunca se ha dado una voltereta), porque Haddad paga la factura de quienes culpan a la izquierda de la crisis política, económica y moral. Ambos candidatos luchan por atraer al centro político, a los moderados y a los abstencionistas, pero los últimos sondeos dan claro favorito a Bolsonaro, quien ya tiene 58% frente a 42% de Haddad.
ENTRETELONES
Crecen las extorsiones telefónicas a través de los Oxxo.
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