Soñar con Grecia
Rodeado de perros sabios, Diógenes lanza una carcajada al futuro que se escucha en un ágora que ahora es mundial.
En estos tiempos caniculares que sacuden buena parte de Europa, todas las miradas están fijas en Grecia y su capital, Atenas, donde los manifestantes el viernes por la noche se reunieron, unos en la Plaza Syntagma para decir No a la austeridad eterna, y otros en el estadio donde se celebraron los Juegos Olimpicos de1896 para defender el Sí a las exigencias de los acreedores. Como en los tiempos de Lord Byron y los románticos europeos que soñaban con liberar a Grecia de las garras del imperio otomano y salvarla para Europa y Occidente, ahora los jóvenes indignados del sur europeo apoyan al joven líder Alexis Tsipras, que supo poner en jaque a la tecnocracia que manda desde la capital de la Unión Europea, Bruselas, y les lanzó a la cara una nueva lección de democracia, una palabra que surge de las ágoras griegas.
Puesto que este continente se considera fundamentalmente greco-latino y basa su cultura intelectual y estética en todos los inventos culturales que se dieron en esa península hace miles de años con filósofos, poetas y dramaturgos que deambulaban por las plazas, bajo las columnatas dóricas y la estatuas perfectas de los cuerpos de atletas y diosas, esta nueva tragedia provocada por la avaricia del dios dinero parece a muchos la repetición de una historia sin oráculos.
¿Tragedia o comedia? Se preguntan quienes miran en las pantallas las imágenes de ese joven líder inexperto que cumple la palabra y convoca a su pueblo a un referéndum, cuestionando de esa manera la falta de consultas de una nomenclatura que, sin ser elegida, decide por millones desde oscuros gabinetes en Bruselas o en el parlamento de Estrasburgo, donde dominan quienes defienden el sistema imperante desde hace décadas y unas veces salvan bancos y magnates, y otras piden que la carga de las deudas y sus intereses gigantescos pese sobre trabajadores y jubilados, enfermos, viudas y niños.
Parece mentira, pero es cierto, miles de años atrás en Grecia unos hombres extraños inventaron todo. Por eso podemos soñar hoy con lo que dirían Diógenes y Sócrates si estuvieran presentes en la plaza Syntagma o en la Acrópolis viendo las aglomeraciones y escuchando los discursos de sus lejanos descendientes. Sería bueno preguntarle a Esquilo, Sófocles y Eurípides sobre lo que ocurre y estudiar a los centenares de galenos, juristas y estrategas que dejaron sus huellas en libros reales y concretos que la humanidad rescató en el medioevo dentro de los conventos y sigue leyendo todavía. Aristóteles, Platón, Pericles, los cínicos y los epicúreos y tantos otros sabios serían de gran utilidad en estas jornadas dramáticas en tiempos de dominio total de la fría plutocracia del cálculo y el interés por sobre la pervivencia de humanos, animales y su naturaleza.
La imagen de un viejo jubilado que llora desamparado frente a un banco y es retirado por agentes, es el emblema de esta tragedia contemporánea donde los reyes Midas de las finanzas propugnan por medidas que afectan en especial a los pobres, para salvar a toda costa a los banqueros que durante décadas prestaron alegremente a este pequeño país, de unos cuantos millones de habitantes, que viven del turismo, las artesanías y la pesca.
En los tiempos del derroche fluían para el país, donde se originó la democracia, miles de millones de euros destinados a la celebración de faraónicos Juegos Olímpicos que sólo dejaron deudas y la resaca de una fiesta dionisiaca. En ese entonces tecnócratas, líderes locales, magnates y contratistas mafiosos se llenaron los bolsillos a manos llenas sin pensar que un día tarde o temprano la deuda caería como espada de Damocles sobre sus cabezas.
Lo mismo sucedió en Portugal, España, Chipre e Italia, donde las inyecciones de euros sirvieron para alimentar el delirio de la burbuja inmobiliaria y la construcción de elefantes blancos, aeropuertos inútiles, multicentros, estadios, edificios gubernamentales, ruinas artificiales, por los que todos los corruptos cobraban porcentajes y mordidas, timando a los pobres incautos que, a su vez, se endeudaban con facilidad usando tarjetas de crédito o comprando apartamentos o condominios mediocres a precios absurdos, con intereses eternos e impagables.
Todo se derrumbó como castillo de naipes, pero los estrategas de Bruselas son los primeros responsables del delirio que estalló con la gran crisis financiera de 2008. Cinco años de negociaciones no han conducido a nada y los grandes acreedores quieren seguir aplicando las mismas medidas de austeridad que dejaron en la ruina a los españoles y portugueses humildes, alejándolos de toda esperanza.
Por eso los jóvenes rebeldes de Syriza en Grecia han sacado de la manga la palabra referéndum y decidieron consultar otra vez en el ágora a su pueblo, ante el estupor de magnates y tecnócratas, porque se niegan a traicionarlo después de recibir un mandato claro contra la austeridad en elecciones hace seis meses. Sin saberlo o sabiéndolo, Tsipras y su carismático ministro de Economía, Varoufakis, están haciendo historia como sus milenarios antecesores: un lustro de remedios inútiles y dictados desde Bruselas no conducían a ninguna parte y había que ensayar otras recetas.
No sabemos el desenlace de la tragedia, pero al menos los débiles del margen han mostrado coherencia y alzaron la voz a los paternalistas locos que les prometían austeridad eterna para incrementar y proteger a toda costa las ganancias gigantescas de multinacionales, accionistas millonarios y bancos. Desde su barril, rodeado de perros sabios, el cínico Diógenes lanza una carcajada al futuro que se escucha en un ágora que ahora es mundial y casi planetaria.
