Proust y su libro centenario
En Busca del tiempo perdido, que el autor hizo aparecer a cuenta en 1913.
Los libros de Marcel Proust han vuelto a reverdecer en las vitrinas de las librerías francesas con motivo del centenario de la publicación del primer volumen de En Busca del tiempo perdido, que el autor hizo aparecer a cuenta en 1913, cuando era sólo conocido como un mundano columnista de variedades del diario Le Figaro, donde contaba chismes de las fiestas de la alta sociedad, poblada de condesas y baronesas ricas, animadoras de salones literarios.
Para muchos lectores y estudiosos, su gran saga de varios tomos interminables “es la mayor novela de los últimos 150 años”, como afirmaba por ejemplo el autor colombiano Álvaro Mutis, y para otros un mamotreto infumable de un chico bien y presumido, cuyas frases sin fin eran inconcebibles.
Pero basta abrir sus hojas para dejarse envolver por esas historias entremezcladas que se convierten en una extraordinaria aventura de la sensibilidad y un tratado de la infancia, el deseo, el amor y la muerte, en medio de guerras y conflictos, porque la obra aparece toda mientras las bombas y los gases mataban a millones de personas a uno y otro lado de la ominosa Línea Maginot.
El libro cuenta un mundo exquisito donde el arte y el deseo son los protagonistas. Antes del sicoanálisis, la mente enfermiza del narrador ausculta los arcanos de la infancia y las miserias de las familias, así como la lucha de los jóvenes traumatizados, hembras y varones, por descubrir el mundo y aprender a conocer a un género humano hipersexual lleno de maldad e inconsecuencias, como si fuesen fieras incontrolables e inescrutables cuya finalidad es sólo poseer, satisfacer el deseo, sufrir, ansiar, usar y perderse en una búsqueda insaciable.
En medio de esas guerras familiares y sociales, se destaca una reflexión sobre todos los temas posibles, como el amor y el olvido, el dolor de la infancia y la vejez, la soledad, la angustia, la asfixia, sin olvidar todo un preciso estudio de la creación artística, sus laberintos y abismos peligrosos, por lo que esta gran obra es dirigida en especial para quienes alguna vez fueron infectados por el arte en todas sus variantes.
El tejido de las miles de páginas escritas por el neurasténico y noctámbulo Proust, asmático encerrado en una habitación cubierta de corcho para evitar el ruido de la calle, en un apartamento elegante donde era asistido por su ayudante y confidente Céleste, es antes que todo música. Las palabras ya no eran el instrumento de lo concreto y lo real, sino signos eficaces de una larga melopea.
En busca del tiempo perdido rompe con el naturalismo y el realismo seco dominante durante un siglo y sigue por otra vertiente con la literatura decadente y finisecular, escrita por autores morbosos como Lautréamont, Barbey d’Aurevilly, Joris-Karl
Huysmans, Marcel Schwob, Georges Rodenbach y Villiers de l’Isle Adam, entre otros.
A fines del siglo XIX, cuando el joven Proust (1871-1922) rondaba por el París de los aristócratas y los ricos, situado en los barrios que rodeaban la Plaza de la Estrella, los Campos Elíseos, el Bosque de Bologne, Saint Cloud, Passy o el Parc Monceau, la literatura enfermiza y decadente era la dominante entre los artistas del momento, fuesen ellos de letra o de imagen.
Todos se rebelaban contra la tecnología desbordante, el progreso, la urbanización, la industrialización a toda costa y la guerra devastadora entre las potencias y por eso se fugaban a mundos oníricos donde el centro de todo era el cuerpo y el deseo y la neurosis. Gustave Moreau, el pintor simbolista, creaba mundos llenos de cuerpos semidesnudos entre esfinges griegas, como si fuesen efectos del delirio provocado por el opio y la absenta.
Y el deseo de los autores nuevos de entonces era estar en esos fumaderos de opio exquisitos y en las casas de cita de lujo, donde en diversos espacios se reproducían ambientes orientales, como el retorcido burdel japonés poblado de geishas, o el chino o el medioriental marroquí o egipcio, cual si fuesen reproducciones de los harem evocados por Pierre Loti, Jean Lorrain y otros autores de su estirpe.
En ese ambiente reinaba Oscar Wilde en Inglaterra, el exquisito dandy homosexual que una vez defenestrado y desterrado por un asunto de costumbres, tuvo que refugiarse pobre y enfermo en París, donde murió y se encuentra enterrado en un horrendo mausoleo del cementerio Père Lachaise.
Era el mundo finisecular del viejo y beodo Paul Verlaine, quien frecuentaba cafetines ebrio y tuberculoso, antes de morir como el mayor poeta viviente del momento, adorado por el modernista Rubén Darío, quien fue a visitarlo alguna vez. Fue el París del modernista colombiano José
Asunción Silva, quien anduvo entre los simbolistas e hizo una poesía similar y una novela, De Sobremesa, que describe tal ambiente literario.
El libro mayor de Proust cumple un siglo y con ese motivo fueron publicadas nuevas biografías y reproducidas las ya conocidas, al mismo tiempo que testimonios, correspondencias secretas y estudios para explorar en los personajes del autor los seres reales, entre ellos Jean Cocteau, muerto hace medio siglo y quien conoció muy joven al maduro Proust sin saber que éste se burlaría de él con un personaje insoportable y pegajoso. Cronista de lo insignificante social, Proust creó una obra eterna donde vibra la humanidad culta e inconstante de las ciudades y los veraneaderos exquisitos.
