Los misterios de Aracataca
Todo lo visto y escuchado en la infancia se le reveló a García Márquez al escribir
Casi toda la gran obra de Gabriel García Márquez (1927), o sea, Cien años de soledad y las novelas y libros de cuentos que la anteceden y la suceden, se centra en la evocación y reelaboración de lo visto y escuchado en la infancia en la casa de Aracataca, donde creció con sus abuelos y tías en los tiempos de auge de la compañía bananera United Fruit Company.
Todo aquello se le reveló como material esencial de lo relatable, cuando ya joven adulto y periodista en Barranquilla, de 23 años, volvió en 1950 a ese lugar en ruinas devastado por la ya lejanísima partida de la empresa que le daba vida económica al lugar, tras los sucesos de la masacre bananera de 1928.
El retorno con su madre Luisa Santiaga, la ya muy envejecida progenitora de 11 hijos y de 45 años de edad, fue clave para pasar a otra cosa después de haber estado bloqueado con una novela ambiciosa llamada La Casa y comenzar a escribir por fin con otro tono y perspectiva La hojarasca, que empezó a teclear de inmediato cuando regresó a Barranquilla luego de despedirse de su madre, cargado por la energía de ese viaje simbólico.
Al regresar al pueblo donde vivió de niño, volvió a vivir con claridad el núcleo de su universo infantil en la casona del abuelo en Aracataca, que sería el escenario fundamental de muchos de sus cuentos magistrales y en especial de Cien años de soledad, la obra mayor del autor, que lo proyectó a nivel mundial. Porque casi todas sus narraciones se nutren de los recuerdos de ese niño criado por sus mujeres y por el viejo coronel Nicolás Márquez, quien batalló en la Guerra de los Mil Días entre liberales y conservadores al lado de los generales Rafael Uribe Uribe y Benjamín Herrera, personajes que en un momento dado llegaron incluso a visitar la casa.
La familia paterna llegó al pueblo en su éxodo, atraída por la presencia de la United Fruit Company en ese lugar y de una muchedumbre de trabajadores de todos los orígenes, así como de personas de mejor condición que venían del interior del país o del extranjero para beneficiarse del progreso y la intensa actividad económica generada alrededor del campamento de los gringos por la producción intensiva de banano.
Toda la infancia de García Márquez transcurre en un mundo imaginario lleno de actividades, relatos y sorpresas, cerca del confort y la modernidad estadunidenses, en medio del gentío bullicioso de los mercados y la variedad de tiendas de diversos productos necesarios para la población forastera, que descendía sin cesar del tren atestado de carga. Ese universo estaba dividido entre los colombianos, que vivían a un lado, y el misterioso mundo de los directivos, técnicos e ingenieros estadunidenses, que vivían en la “zona”, instalados tras las alambradas en casas cómodas dotadas con diversos adminículos domésticos modernos desconocidos por los nativos.
De modo que a Aracataca no sólo llegaba el tren sino que además era crucial el telégrafo, profesión inicial de su padre, Gabriel Eligio, y la que lo atrajo al lugar donde conocería a la hija del coronel. En Aracataca el niño descubrió el hielo de los pargos, el tren que venía de Ciénaga; vio la llegada anual de los gitanos, el circo y, como nieto preferido y único hombre rodeado de tías solteronas, la barahúnda permanente de las visitas de familiares y amigos cargados de fantasmas del pueblo y la provincia abandonadas en el éxodo, que se convertirían todos en personajes transmutados, gracias a lo que él llama la “transposición poética de la realidad”, en los personajes de su Cien años de soledad.
Al retornar, en la casa grande, que tuvo décadas antes dos almendros a la entrada, un antepatio, la oficina del abuelo, el taller de platería donde el abuelo fabricaba sus pescaditos de oro, el corredor de begonias y las diferentes alcobas y al final la letrina y el patio para los animales, vivían unos inquilinos viejos a los que finalmente no se les pudo vender la casa por el remanente de una hipoteca no pagada. Y además, en el pueblo todo era ruina y vejez: la casa del boticario, la estación abandonada, la escuela Montessori, la iglesia, los rieles retorcidos, los vagones oxidados y las ruinas y rastros de lo que fue el campamento de la United Fruit Company, así como la estación y la plazoleta donde fueron masacrados muchos jornaleros y sindicalistas, y cuya cifra de muertos nunca se esclareció.
La casa y el pueblo resumían la historia contemporánea del país con sus dramas, amores, injusticias y tragedias, y al palpar de nuevo la herrumbre del pasado ido y los lamentos y voces de las ánimas de los desaparecidos como en un coro griego, se repotenció de repente el talento del novelista, llevándolo pronto a la corta carrera que lo conduciría a crear una obra magistral que significó mucho para todos los pueblos del mundo, por lo que obtuvo el Premio Nobel.
Para García Márquez el secreto fue muy simple: había que dejar atrás todos los retorcimientos de su primera cuentística existencialista y abstracta, para contar simple y llanamente la vida de su familia y los pueblos donde vivieron.
“Consumado el desastre de Aracataca, muerto el abuelo y extinguido lo que pudo quedar de sus poderes inciertos, quienes vivíamos de ellos estábamos a merced de las añoranzas”, afirmó en sus memorias.
Ya solo, sin el patriarca adorado, los fantasmas del pasado se concretaron en una obra que es sólo el relato fiel e infiel de los misterios de la infancia, como sucedió con Proust, Rulfo y otros grandes novelistas de la historia.
