México parece vivir estos días en modo fiesta. El balón rueda, las redes sociales se llenan de colores, los festejos ocupan las calles y las conversaciones giran alrededor de la emoción deportiva. Hay tiempo para celebrar, para distraernos con personajes virales que incluso llegan a los reflectores oficiales, como el famoso Merlín, el pato que se convirtió en protagonista inesperado de la agenda pública.
Y sí, celebrar también es necesario. La alegría colectiva forma parte de la vida de un país. El problema aparece cuando la fiesta se convierte en una cortina que nos impide mirar aquello que sigue ocurriendo detrás del marcador.
Porque mientras una parte de México cuenta goles, otra sigue contando desaparecidos, crímenes y delitos.
La violencia no hace una pausa porque haya un torneo internacional. Las familias que buscan a sus seres queridos no tienen el privilegio de esperar a que terminen los partidos.
Entre las porras, los discursos de orgullo nacional y el empeño por mostrar al mundo “el mejor rostro” de México, aparece la realidad: la seguridad continúa siendo uno de los mayores pendientes del país.
Y cuando hablamos de mujeres, esa inseguridad se traduce en miedo, desapariciones, violencia sexual, feminicidios y miles de historias de quienes salieron de casa y nunca regresaron.
El pasado 12 de junio, durante una jornada de búsqueda encabezada por integrantes del Colectivo de Búsqueda de Baja California, fue localizado el cuerpo de una mujer oculto dentro de una estructura de concreto bajo el Viaducto Elevado en Tijuana. Una escena difícil de procesar: una vida reducida a un hallazgo entre cemento, maquinaria y preguntas sin respuesta.
Más allá de este caso particular —que exige una investigación seria, con verdad y justicia—, el hecho vuelve a exhibir una herida que México no ha logrado cerrar: las mujeres siguen desapareciendo y muchas familias terminan realizando la labor que debería encabezar el Estado.
EL PROBLEMA NO ES EL FUTBOL
El problema es creer que una celebración puede suspender la realidad.
Además, los eventos deportivos no provocan por sí mismos la violencia, pero sí pueden convertirse en escenarios donde ciertas agresiones se intensifican si no existen medidas de prevención. El consumo excesivo de alcohol, las masculinidades violentas y la idea equivocada de que la rabia puede descargarse contra otras personas son factores que aumentan los riesgos.
La violencia familiar no empieza con un partido, pero un partido puede convertirse en el momento en que una violencia previamente existente encuentra una salida.
Por eso vale la pena preguntar si en realidad estamos preparados para proteger a las mujeres durante eventos masivos. Si existen protocolos efectivos contra la violencia sexual y si hay mecanismos suficientes para prevenir trata, explotación infantil y agresiones en espacios públicos.
También resulta inevitable cuestionar las prioridades. Mientras se habla de imagen internacional y de un país que recibe al mundo, la Secretaría de las Mujeres atraviesa un momento que genera dudas. Tras la salida de Citlalli Hernández de la titularidad, la dependencia quedó sin una responsable al frente durante un periodo clave. Laura Itzel Castillo fue anunciada para ocupar el cargo, pero será hasta septiembre cuando tome posesión, porque pretende continuar como presidenta del Senado hasta concluir su periodo anual de ejercicio legislativo el 31 de agosto de 2026.
El debate no debería reducirse a nombres o cargos. La discusión de fondo es si una institución creada para defender los derechos de las mujeres puede operar con incertidumbre cuando la emergencia exige respuestas inmediatas.
La violencia no espera relevos, discursos ni finales de campeonato. No espera a que las cámaras se apaguen. Detrás del marcador hay otras cuentas que México no debería ignorar.
