El ring legislativo: el espectáculo de la polarización

Columnista Invitado Nacional
Alberto Rodríguez Martínez
Hay imágenes que duran unos segundos, pero dicen mucho más de un país que cualquier discurso. Esta semana vimos una de ellas: dos legisladores, frente a las cámaras y dentro de las instalaciones del Senado, intercambiando insultos, acusaciones y empujones. El debate político terminó, literalmente, en un enfrentamiento físico.
Podríamos quedarnos en la anécdota. Condenar al diputado que perdió la calma, reprocharle al otro sus provocaciones, exigir sanciones y pasar a la siguiente noticia. Sería fácil, pero también sería insuficiente, porque el verdadero problema no es que dos políticos se hayan peleado; el problema es lo que estas acciones provocan en el ánimo de la sociedad.
La política tiene una responsabilidad que suele olvidarse: no solo toma decisiones que afectan nuestra vida cotidiana, también moldea la manera en que una sociedad entiende el conflicto. Cuando quienes ocupan cargos públicos convierten sistemáticamente al adversario en enemigo, cuando el insulto sustituye al argumento y la descalificación ocupa el lugar del debate, el mensaje que reciben los ciudadanos es sencillo y peligroso: disentir ya no implica convivir con el otro, sino enfrentarlo.
Y quizá ahí esté una de las consecuencias más profundas de la polarización. Nos hemos acostumbrado a escuchar que México está dividido y lo repetimos como si fuera una descripción inevitable de nuestra época. Unos contra otros. Gobierno contra oposición. Unos mexicanos contra otros mexicanos. Jóvenes contra viejos, chairos contra fifís. Pero una sociedad democrática no debería aspirar a que todos pensemos igual, pues el desacuerdo no es una enfermedad de la democracia; es una de sus condiciones.
El problema comienza cuando dejamos de distinguir entre tener un adversario y tener un enemigo. Un adversario es alguien con quien compito, discrepo y, llegado el caso, negocio. Un enemigo es alguien cuya existencia misma parece incompatible con la mía. Al adversario se le intenta convencer; al enemigo se le busca derrotar, exhibir, deslegitimar y, si es posible, silenciar.
Eso es lo que debería preocuparnos cuando la violencia política empieza a convertirse en espectáculo, porque los ciudadanos también estamos mirando. Cada insulto que se vuelve viral, cada confrontación que genera aplausos en redes y cada político que gana protagonismo a partir de una provocación alimenta una lógica perversa: la política que más ruido hace parece ser la que más importa. Y entonces ocurre algo todavía más grave: el ciudadano deja de ser espectador y se convierte en parte del espectáculo.
Lo vemos en las redes sociales, donde cualquier diferencia política puede convertirse en una batalla personal. Ya no basta con cuestionar una propuesta; hay que desacreditar a quien la plantea. Ya no basta con decir “no estoy de acuerdo”; parece necesario explicar por qué quien piensa distinto es ignorante, corrupto, vendido, fanático o, simplemente, indigno de ser escuchado.
La política no inventó esa conducta, por supuesto. Las redes sociales tampoco. Pero los políticos tienen una enorme responsabilidad cuando deciden utilizarla como estrategia, porque aquello que se normaliza arriba termina reproduciéndose abajo. Si nuestros representantes pueden insultarse, empujarse y acusarse mutuamente frente a las cámaras, mientras sus respectivos seguidores celebran la escena como si se tratara de una victoria deportiva, ¿qué estamos construyendo como sociedad?
Una sociedad no se construye únicamente a partir de sus instituciones; también se construye a partir de la manera en que sus ciudadanos aprenden a convivir con sus diferencias. Por eso el problema del enfrentamiento en el Senado no termina cuando los legisladores regresan a sus curules, tampoco cuando se retiran las cámaras o desaparece el video de las redes sociales. El verdadero costo aparece después, cuando millones de personas reciben una señal más de que la política es, inevitablemente, una pelea entre bandos.
Y no debería serlo. La política existe precisamente porque no todos pensamos igual. Para eso están las instituciones, los parlamentos, los partidos, las elecciones y el debate público: para procesar nuestras diferencias sin convertirlas en violencia. La democracia no exige que nos caigamos bien. Exige algo mucho más difícil: que podamos vivir juntos aun cuando no estemos de acuerdo.
Quizá por eso habría que mirar estos episodios con mayor seriedad. No solo como un espectáculo bochornoso protagonizado por políticos, sino como pequeñas grietas en la forma en que estamos aprendiendo a convivir como sociedad. Porque cuando la política nos enseña a pelear, el riesgo no es solamente que ellos terminen a empujones; el riesgo es que nosotros dejemos de entender que es posible pensar distinto sin convertir al otro en enemigo