De la mitografía
Para colmo, ya saben, hay quienes afirman que existe el lenguaje secreto de las flores y que al narciso le tocó ser la flor del egoísmo, un nada buen presagio, pues una cosa es el amor propio y otra, sólo ver por uno mismo
A Ma. Elena Chapa, guapa y brillante luchadora.
Con tanto escándalo, mejor intentar una apasionante mitografía, siempre maestra de la condición humana. Uno de los más interesantes, es el relativo a la ninfa Eco, de cuya boca salían las palabras más bellas jamás escuchadas por persona alguna. Pero, para desgracia de sus hermanas, era cómplice del machismo, pues se encargaba de distraer a la esposa de Zeus, la diosa Hera, mientras dicen, él “jugueteaba” con las otras ninfas.
Hera, que era muy avispada, la cachó y la castigó. También en aquel entonces era más fácil desquitarse con quien menos poder tiene, en vez de reclamar responsabilidad al culpable, el tal Zeus, pero, en fin. El castigo para Eco: que nunca más pudieran salir de su boca las bellísimas frases y sólo pudiera repetir las palabras que escuchaba. Avergonzada, decidió vivir en completa soledad, en un muy tupido bosque, ya que tarde o temprano, cualquiera se cansa de traer una repetidora al lado.
Y sucedió que un mal día, estando Eco paseando y bailando por el bosque apareció Narciso, del que cuentan que era el más guapo entre los guapos (hasta el más viejo y rechoncho se lo cree, cuando tiene tantitito poder, como Hefesto). Eco, de inmediato, fue flechada por cupido. Enamorada, empezó a seguirlo a todos lados y a repetir lo que decía, aunque ella quisiera decir cualquier otra cosa, como el tamaño de su amor.
Narciso, harto y fastidiado por la compañía no solicitada y menos por ese continuo repetir los disparates que él decía, la despidió de muy mala manera. Ella, triste y acongojada, se refugió en una oscura y lejana cueva, de la que hasta hoy sólo sale su voz, que repite y repite lo que otros dicen.
El ingrato Narciso, enamorado de sí mismo, pues donde quiera que iba, la gente comentaba de su galanura, de su buen parecer, de su noble estampa. Y meditaba, no hay quien me iguale. Soy único, elegido de los dioses, y otras tonterías por el estilo. Por su desmesura, la diosa Némesis, la de la justicia redistributiva, lo castigó, haciendo que el enamorado de sí mismo se tirara de cabeza al río para alcanzar su deseo y, por supuesto, se ahogó. Y dicen que exactamente en ese lugar, creció una bella flor, a la que nombraron Narciso.
Para colmo, ya saben, hay quienes afirman que existe el lenguaje secreto de las flores y que al narciso le tocó ser la flor del egoísmo, un nada buen presagio, pues una cosa es el amor propio y otra, sólo ver por uno mismo.
A la diosa Hera tampoco le va bien con los humanos. Acusada de violenta y vengativa, según algunas versiones, se pasó la vida tramando desgracias para todas las ninfas y mujeres que se atrevieran a acercarse a ¿su querido dios? Por ello quizás, la llamaban “la protectora del matrimonio”. Vaya protectora.
Dice Javier Moncayo que “las continuas infidelidades de su marido la llevaron por la calle de la amargura. Presa de los celos, fue una fuente de conflicto permanente, y sus peleas con Zeus crearon una gran tensión en el Olimpo y, por extensión, en el mundo. Aun así, siempre le fue fiel y cuidó de los cuatro hijos que tuvieron, Ares, Discordia, Ilitía y Hebe. Con Hefesto, que concibió sola, no fue tan buena madre, ya que renegó de él por feo y cojo”.
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También cuenta que sólo una vez se atrevió a conspirar contra Zeus, con Atenea y Poseidón para derrocarlo, pero es que estaba realmente harta de sus infidelidades. De todas formas, la rebelión no prosperó y Zeus, tras castigarla, la perdonó.
Entre la risa y las lágrimas que pudieran provocar este mito, importa advertir que quien no habla con su voz, es poco confiable y la soledad es su destino. Las ideas se replican con mayor o menor éxito; las emociones, que constatan la veracidad, no admiten impostura.
