Feliz, la chiquilina acudía a clases de ballet. Una princesita bien educada, debe bailar a la perfección. Ahí, soñaba con la Blanca Nieves, la Bella Durmiente y otras colegas. Daba vueltas y sentía elevarse por encima de sus compañeras. Era sensacional y se creía la perfección misma. Hasta que la maestra la despertaba con un fuerte regaño. ¡Sigue los pasos! ¡No inventes, ese gran écar no viene en la rutina!
La pobre ratoncita, se escondía en un rincón, nadie la volteaba a ver. Hasta que un día, el día más radiante de su vida, él la miró con atención. La ratoncita perdió la cordura y cayó rendida a sus pies. Él, el más poderoso ratón, no la tomaba muy en serio, pero la mantenía cercana. Necesitaba una incondicional y le cantaba, “tú, mi sombra has sido tú”. Ella brincaba de emoción.
La princesita crecía y seguía soñando. Ahora, además de seguir paso a paso el baile, se probaba los vestidos más soberanos y pueblerinos. Pero, no había remedio. Por más afanes, su cuerpo no los hacía lucir. La maestra le decía que por más que se preocupara en ese menester, lucir radiante era una tarea inútil e infructuosa.
La ratoncita espiaba a su jefe ratón. Se aprendió de memoria sus pegajosas frases y sus resabidos dichos. Manoteaba como él, caminaba como él, hasta en ocasiones, se sentía él. Los otros ratones la miraban con burla, la choteaban, la ridiculizaban. Su vida era un tormento. Sus pocos momentos de alegría intensa, eran cuando él la aplaudía o la ponía como ejemplo de una secuaz confiable. Entonces, no podía ni dormir de tanta euforia.
Un día, la llevaron de visita a un castillo. No podía creer tanto lujo, tanto derroche, tanto buen gusto. Entonces sus sueños ya tenían coreografía, escenografía y música celestial. Seguía con sus clases de ballet y con su indignada maestra, quien por más que hacia para correrla o para que mejorara, la princesa era muy necia y ahí seguía, con su cara de seriedad y su carácter resistente a cualquier atisbo de corrección.
Empujada por su mentor, la ratoncita ganó sitio de honor. Creía haber alcanzado la felicidad y se disponía a atragantarse con ella. Pero, ¡oh! sorpresa. Del otro lado del canal habitaba un súper poderoso gato, vivaracho, coqueto, presumido, que al verla, decidió inventar un nuevo juego. La ratoncita no conocía las reglas, pero las sospechaba.
Le habían narrado las crónicas del Imperio, cuando organizaban suntuosos bailes en el Alcázar del Castillo. La emperatriz, en brazos de su Maximiliano, inauguraba la pista bailando cuadrillas. La princesa quería restablecer esa costumbre. Dos preguntas la atormentaban: una, ¿en vez de cuadrillas, bailarían reguetón? Otra, ¿sería delito usar ese monumento, Patrimonio Nacional, para cenar y bailar?
Mientras el gato se alisaba los bigotes, la ratoncita diseñó su estrategia. Lo trataría con cortesía y amabilidad. El gato, ligeramente sorprendido, le gruñó y le siguió la broma. ¡Qué bonita te ves! dijo. Y la ratoncita, linda y gentil, le agradeció el cumplido. Un día, la amenazó con comerse a sus amigos, despacito y fritos en aceite. De rodillas y con la voz más dulce y temblorosa de su repertorio, le pidió que, por favor, no lo hiciera. El descendiente de tigre feroz, ronronó y la arrinconó. En unos días, le daría respuesta.
La ratoncita pidió consejo al jefe ratón. Al gato le dijo: Estimado y temible señor gato, eres el ser más bueno, justo y recto del planeta. Él tiró un manotazo y la vio con irá. Nunca había querido ser bueno. Furioso, mandó a otros gatos a decirle que se tragarían a sus amigos, uno por uno. Ni caso les hizo y se dijo, él me aprecia. El gato reía en Évian, ya decidido. Se comería a sus amigos y luego… vería qué hacer con ella. Para colmo ni Merlín pudo esfumar a Rocha, sólo el primero. ¿Lo cambalacheará por la paz de YSQ? ¿Y sí ni así?
