Me pregunto si dirán algo quienes pronosticaron repetidamente que Trump y los suyos asfixiarían y rendirían al gobierno mexicano antes del martes 3 de noviembre, que es mañana, por cierto. El martes de las elecciones en Estados Unidos. A partir del sinaloazo del Departamento de Justicia, en los últimos días de abril, profetizaron operaciones abiertas estadunidenses en nuestro territorio contra los cárteles; vaticinaron acciones quirúrgicas para extraer narcopolíticos; dibujaron al gobierno mexicano de rodillas, suplicando piedad a Washington. Nada de eso ocurrió y este lunes vale expresarlo y subrayarlo. La estampa más reciente de la relación entre los dos gobiernos es de hace apenas dos días: el trato deferente de Marco Rubio al canciller Roberto Velasco en la reunión del G20 en Atlanta. Y todo, después de que México asegurara un horizonte de al menos diez años para el tratado comercial, se acercara a Canadá, restableciera relaciones con Perú, dialogara sin estridencias con Chile, Colombia e incluso Argentina; recompusiera las cosas con España y se fundiera con Lula antes del sorprendente triunfo de la semana pasada. La diplomacia mexicana trazó una estrategia que puso los principios e intereses patrios sobre las afinidades políticas, ideológicas y partidistas. Funcionó: México llega de pie, firme, al 3 de noviembre. Resulta que no nos invadieron los gringos.
