Sin entusiasmo, acepté la invitación del querido Eduardo del Río, entonces asesor de la flamante presidenta del Tribunal Electoral Federal, para encontrarme con su jefa, Mónica Soto, por quien no sentía simpatía tras ver la forma en que se apoderó del cargo. Comimos en el Zeru de San Ángel. Muy amable ella, aunque lo único que recuerdo es escucharla repetir que sólo serviría a la Constitución. Del Río me pidió invitarla al programa de radio antes de las elecciones presidenciales y federales de 2024. Otra vez: rollo, rollo sobre la Constitución. Sabemos lo que siguió. La forma en que su tribunal, siempre fiel a los deseos del régimen de la 4T, validó que 55% de los votos en las urnas se tradujeran en 72% de los escaños en el Congreso. Y cómo esa mayoría rehízo el marco constitucional, subordinándolo a los fines de “la transformación”. En 2025, además, ella y su tribunal no objetaron la siniestra y descarada operación de los acordeones, génesis del nuevo Poder Judicial. No sé si alguna vez un personaje más banal que Mónica Soto haya causado consecuencias de tal profundidad en la vida pública de México. En 2025 dejó la presidencia y ahora el tribunal, porque, por lo visto, se cansó. ¿De qué? ¿Cuál es su legado? Para su fortuna, la irrelevancia de su figura quizá le permita andar por México y el extranjero sin que la reconozcan ni le griten cosas horribles, como a varios de sus colegas 4T.
