La España en la que gana el que debe ganar

Suelo preguntarles a los españoles si son conscientes de que, hoy, deben tener la mejor calidad de vida cotidiana del mundo. Por sus libertades, seguridad, servicios públicos, maravillosas calles para caminar, orden, funcionalidad, información, camaradería, alegría, fiesta.

Los estudiosos aseguran que los españoles conviven como nadie. “No se levantan apurados de una mesa, por eso sus conversaciones pueden no producir nada y por eso mismo lo producen todo”, escribió este verano Gilberto Carrasquero Naranjo en un artículo de amplia reproducción.

Creo que parte de ese bienestar radica en la nobleza de que aquí gana el que debe ganar: en las controversias, los tribunales, las urnas. La certeza democrática es la normalidad; el Estado de derecho, un bien más.

El desalojo de una inquilina de 87 años, Maricarmen, quebró esa lógica y ha desatado una gran protesta ciudadana que se expande. Hoy mismo está convocada una movilización nacional, algo no tan común acá. La profundidad de esta crisis, combinada con otras vigentes —como la de los migrantes—, puede marcar el final del gobierno de Pedro Sánchez, quien, consciente de su debilidad, podría verse obligado a adelantar las elecciones para finales de noviembre.

Me maravilla que, venga lo que venga, la mayoría de los españoles con los que platico piense que serán sus votos los que decidirán el siguiente episodio. Discuten, hablan fuerte, se acusan de comunistas y fascistas. Pero —y a numerosas encuestas me atengo— saben que ellos resolverán. Dentro de sus instituciones. Suyas.