La mera imagen del cordial apretón de manos con el presidente Sánchez habría valido la inversión de 35 horas de viaje por 40 de estancia en Barcelona. La presidenta Sheinbaum no necesitaba más para desatascar la pausa de siete años con las autoridades de España. “No hay crisis diplomática”, dijo. Y era cierto. En este espacio subrayé la frecuencia de episodios de los últimos 18 meses que probaban el esfuerzo mutuo por dejar atrás el encono sembrado por López Obrador. La Presidenta cruzó el Atlántico para formalizarlo. Pero el viaje a Barcelona ha sido, además, el del atrevimiento de Sheinbaum al presentarse como figura en un foro internacional de “confrontación a las fuerzas conservadoras y de extrema derecha”, en un momento especialmente sensible de Trump. Ella escogió con quién estar. Eligió a Sánchez, enfocado en ser el líder global de las “fuerzas progresistas”, y en el principal referente europeo antiTrump. Y a Lula y Petro, los dos perfiles latinoamericanos posibles en esta gesta de riesgo calculado. El problema fue que la Presidenta debió compartir tiempo y espacio –menuda coincidencia– con la cobertura de la exitosa estancia en Madrid de la venezolana María Corina Machado. Y que la Nobel de la Paz los desenmascaró, cada que pudo, al recordar que tanto ella como ellos –los de Barcelona– solaparon y terminaron apuntalando la tiranía de Maduro. Quede eso también para el registro de las 40 horas.
