Siete días dejó correr la presidenta Sheinbaum antes de informar que no participará en el evento de Global Progressive Mobilisation (GPM), el proyecto-organización que se lanza hoy en Barcelona como “una alternativa necesaria a las fuerzas conservadoras y de extrema derecha”.
Su paso por Cataluña, entonces, parece reducirse a un encuentro con el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez; uno con el brasileño Lula da Silva, y quizá con algún otro mandatario que esté por allá el fin de semana.
La Presidenta dijo ayer que acudirá a una cumbre de jefes de Estado cuya agenda no aparece por ninguna parte.
Mucho aire de misterio difícil de conciliar con lo que cabría esperar de una de las figuras políticas más influyentes del mundo —como la ubicó la revista Time—: planificación, cálculo, claridad.
El sábado apunté aquí lo sugerente que resultaba el que Sheinbaum eligiera un escaparate retador como el del GPM en un momento de especial sensibilidad en Washington. Pero, previo al embarque, la Presidenta se blindó al afirmar que no asistirá a un foro “antiTrump”, que irá con un sentido positivo y bajo la premisa de una relación con Estados Unidos basada en el respeto y la cooperación.
Demasiado antídoto, demasiado anticlímax, para un viaje tan agotador: 30 horas de vuelo —en línea comercial, con escalas— por 40 de estancia en Barcelona.
