Durango 70: memoria de sueños idos hace 50 años
Desafiar al Estado en 1970 significaba arriesgar mucho: la seguridad personal y hasta el regaño de las familias
Confieso que, a medida que pasan
los años, veo con más simpatía
a la revuelta que a la revolución.
La primera es un espontáneo
y casi siempre legítimo
levantamiento contra un poder injusto.
El culto de las revoluciones es una de las
expresiones de la desmesura moderna...
Octavio Paz, Tiempo nublado
No soy muy dado a la nostalgia. Sin embargo, el 9 de enero se cumplirán 50 años de la toma del palacio de gobierno de Durango y de la expulsión del gobernador Alejandro Páez Urquidi y sus allegados por varias centenas de estudiantes enardecidos. La toma del palacio fue el único hecho que implicó actos de violencia por parte de los irritados. Llamó la atención de la prensa nacional. Dudo que vaya a haber alguna celebración, fue una revuelta social derrotada, no tuvo mártires ni grandes éxitos. No obstante, logró lo que ningún otro movimiento de los años 60: aglutinó a masas de estudiantes, obreros, campesinos y segmentos sociales medios en contra de un gobierno autoritario.
La revuelta no creó sus mitos y sus símbolos duraron poco, a pesar de que su herencia política, para bien y para mal, se puede encontrar en lo que es hoy el Partido del Trabajo. Pienso que, a diferencia del movimiento del Cerro de Mercado, de 1966, cuyos dirigentes se encargaron de glorificarlo, rememorarlo y muchos de ellos se anclaron en sus demandas (y obtuvieron ventaja de ello), quienes participamos en el de 1970 decidimos vivir el futuro. No hicimos de él la columna de nuestras vidas.
Nada más deseo apuntar que desafiar al Estado en 1970 significaba arriesgar mucho: la seguridad personal y hasta el regaño de las familias porque conocían el método represor del régimen de la Revolución Mexicana para resolver conflictos. Con sus limitaciones, hoy vivimos en la democracia, hay libertad de expresión, el control de la prensa se ha relajado, aunque hay actores de la Cuarta Transformación que desean revertirla porque aún no aprendemos a convivir en la democracia sustantiva, no nada más un mecanismo de elección de autoridades.
Pienso que el régimen que hoy vivimos adeuda a los movimientos estudiantiles de los 70 —no nada más al de 1968— reconocimiento a sus contribuciones a la transición democrática. En la revuelta de 1970 no aportamos sangre, gracias a la protección de padres de familia, maestros (que se atrevieron a desafiar a sus líderes de entonces), obreros, campesinos y clases medias. Quienes allí estuvimos no soñábamos con la revolución (al menos no todos ni todo el tiempo), luchábamos contra un poder injusto y el integrismo cultural que el régimen imponía.
No estoy seguro de que haya lecciones de aquella revuelta. No obstante, aunque hace 50 años no se cumplió el sueño de derrotar al autoritarismo, su sedimento social pavimentó la vía a la transición. Deseo dejar constancia de su aportación las luchas por la democracia.
RETAZOS
Tomé frase de Carlos Ornelas, Durango 70: fracaso de una revuelta social. (Durango, UJED, 2010).
