Gertrude Ederle: el aguijón del fracaso

Arturo Xicoténcatl

Arturo Xicoténcatl

El espejo de tinta

Los periodistas deportivos la descalificaron, los médicos la desahuciaron. Con el poder de su voluntad desmoronó las opiniones adversas. Corría el verano en el hemisferio boreal. Despuntaba el alba el 6 de agosto de 1926. El murmullo del oleaje, la inmensidad del mar y el frío como un desafío al ser humano. Embadurnada de grasa de oveja, Gertrude Trudy Ederle, de 22 años, se lanzó a las heladas y agitadas aguas desde las costas Cap Gris-Nez en Francia, poco después de las 7 de la mañana. Era el segundo intento de realizar la travesía a nado y unir en un simbólico hilo invisible el Viejo Continente con Inglaterra. Traje de baño de tirantes, de dos piezas, gorra de caucho y googles que ofrecían demasiada resistencia. Su intento, en una época en la que el círculo de conocimiento e ideas era muy estrecho, limitado; se desconocía la forma de prepararse para nadar largas distancias; la técnica del crawl era incipiente y no se sabía cuánto tiempo el cuerpo de la mujer podía soportar temperaturas tan bajas... Entre Dover y Calais hay 21 millas (33,756.292 m) en línea recta, pero la distancia real del recorrido puede superar los 40 o 50 km. Las ideas de la época flotaban, se aceptaban como el dogma de algo imposible en la mujer. Un año antes, la prensa de Nueva York le había vaticinado un sonoro fracaso en tonos sarcásticos. Dedícate a las labores de tu sexo, una mujer no está capacitada para tan grandes hazañas. El pronóstico de los medios fue certero, se cumplió como la condena y castigo del irritado Febo Apolo sobre Casandra para que nadie creyese en sus palabras. En 1924, durante los JO de París, brilla el espíritu agonal de Trudy Ederle: conquista bronce en los 100m (1’14”2) y los 400 m nado libre (6’04”8), más un oro en el relevo 4x100m con la escuadra de EU. Inspirada, germina en su mente algo inimaginable. La travesía del Canal de la Mancha. Sólo cinco hombres, en medio siglo, habían logrado la proeza; el primero, el capitán Matthew Webb en 1875 en 21h y 45 minutos. En 1923, el italiano Enrico Tiraboschi señala 16h:33”. En el primer intento, en 1925, una mala interpretación del entrenador, con la costa inglesa a la vista, le ordena salir del mar. El fracaso le aguijonea el espíritu de lucha. Cambia de preparador, no de objetivo. En braceo febril señala de Cap Gris-Nez a Kingdom 14h 39’. Rompe el RM masculino en casi 2 horas. Dos millones de personas la reciben y aclaman en NY. Años después, cae y rueda por las escaleras de su casa, sufre fractura de la columna vertebral. Los médicos la desahucian: jamás volverá a caminar. En asombroso proceso de lento y poderoso esfuerzo mental, cinco años después mueve un dedo, luego otro, y vuelve a caminar. Fallece en 2003. Un siglo después, la luz e imagen de Trudy brilla con intensidad. Su llama espiritual ondea en las aguas. Como toda precursora, es paradigma de inspiración de las nuevas generaciones. Abrió un universo ilimitado en la mujer. Fue superior a los mejores hombres de su época.