Una visión ecosistémica para reinventar las ciudades (2da parte)
En la primera parte, el autor comentó que si queremos tener un desarrollo inteligente y humano, debemos considerar a la urbe como un organismo interconectado, donde todos los componentes interactúan entre sí de manera dinámica, éstos son: interconexión, ...

Antonio Peniche García
Desde la penumbra
(En la primera parte, el autor comentó que si queremos tener un desarrollo inteligente y humano, debemos considerar a la urbe como un organismo interconectado, donde todos los componentes interactúan entre sí de manera dinámica, éstos son: interconexión, sostenibilidad, inclusión social, infraestructura resiliente, tecnología e innovación, participación ciudadana, participación ciudadana, economía urbana sostenible y salud y bienestar).
En una era obsesionada con la inteligencia artificial y la hiperdigitalización, Rueda reclama lo radical: la primacía de lo humano. Sus propuestas no sólo mejoran el espacio físico, sino que reivindican la calle como escenario de vida, no de tráfico. Es un llamado a frenar la entropía urbana —y social— que hoy ahoga nuestras metrópolis. El humano en el centro, no la tecnología.
Rueda propone un modelo urbano más ecológico basándose en cuatro ejes, donde la participación de los actores de la ciudad es crucial:
Compacto en su morfología. Evita la dispersión que devora territorios.
Complejo en su organización —mixto en usos y biodiverso—. Mezcla usos y culturas, generando biodiversidad urbana.
Eficiente metabólicamente. Optimiza energía y recursos como un organismo sano.
Cohesionado socialmente. Teje redes sociales, no sólo infraestructuras.
Con el hecho, de que todos los ecosistemas son escalables, la propuesta de Rueda de impulsar las supermanzanas, basada en esos cuatro ejes, viene a tener un sentido funcional y causal y enfocado en ser un disruptor de la entropía en la que estamos sumergidos, urbanamente hablando. Aunque debo de recalcar que esa entropía se ha expandido brutalmente a estratos políticos, económicos y sociales.
Las supermanzanas son la célula madre de este nuevo urbanismo. Al reducir el dominio del automóvil, devuelven el espacio a las personas: más seguridad vial, más aire limpio, más plazas donde el asfalto cedió paso a árboles y bancos. Pero su verdadero poder es escalar: lo que funciona en una manzana puede transformar una región entera. El antídoto contra el caos.
El obstáculo más grande no es técnico, sino mental. Rueda nos interpela: ¿Por qué tratamos a nuestras ciudades como zonas de tránsito y no como hogares colectivos? Requiere líderes que entiendan que el “progreso” no se mide en metros de concreto, sino en calidad de vida.
Al establecer a las supermanzanas como el ecosistema urbano mínimo, la reducción del tráfico; el fomento al transporte activo; el mejoramiento de espacios públicos, de la seguridad vial y la optimización de la calidad del aire y el medio ambiente se vuelven objetivos más alcanzables.
Un urbanismo ecosistémico, tejido y bordado a través del entramado social y urbano de las supermanzanas, como base de modelo de movilidad y del espacio público, puede llegar a promover la reducción de la dependencia del automóvil y fomentar el uso de medios de transporte más sostenibles como el transporte público, el ciclismo y la caminata.
El urbanista debe asumir como prioridad que el espacio público es la base de una manzana, un barrio, un núcleo urbano, una región metropolitana. El rediseño de las ciudades, junto con la ejecución de obra pública y/o privada debe tomar en cuenta esos espacios, haciéndolos parte como de uno mismo. Como si uno fuera a utilizarlos todo el tiempo.
Rueda no ofrece sólo teorías; entrega un manual de rescate urbano. Su obra es un recordatorio: planificar ciudades sostenibles ya no es opción, es la última oportunidad para reconciliar civilización y naturaleza.
La solución fundamental a la problemática tiene sus cimientos en la actitud y la cultura. Un gran desafío, tal vez uno de los más importantes por el impacto que tiene, es hacer comprender a los tomadores de decisiones en un inicio, y a la población en general que su hábitat es como un ente vivo y no sólo un lugar por el que transitan en asfalto o concreto; se desprecia a la naturaleza y viven en una casa de paredes de tabique y materiales inertes.
Una ciudad es expresión viva. Es un ser palpitante y extrovertido. Como una mujer sabia, pide ser cuidada y admirada. Como a una mujer, le gusta sentirse bella, orgullosa de su inteligencia, disfruta que caminemos sus plazas y calles; admiremos sus edificios... y quizá nos permita sumergirnos en su historia y sus detalles.