En la primera parte, el autor comentó que el entorno contemporáneo se ha transformado en un teatro del absurdo donde la política, la farándula y las redes sociales se fusionan en una constante incoherencia colectiva y se consagra el morbo y la superficialidad, validando la influencia por encima del rigor .
“Antes la fama era el resultado de un talento; ahora el talento es un posible resultado de la fama”, expresó Christian Daes, productor y empresario colombiano, en entrevista reciente. La frase condensa la inversión de valores en la economía de la atención: primero se es conocido, después —si acaso— se aprende a justificarlo.
Finalmente, está el futbol. Éste es el único espacio donde la incoherencia se celebra con banderas y cánticos. En la cancha, los mismos dirigentes que un día antes fueron vilipendiados por corruptos son vitoreados si el equipo gana el clásico. Los jugadores, elevados a la categoría de semidioses, son también los primeros culpables cuando la derrota desnuda la fragilidad del ídolo. El futbol es como válvula de escape de las otras dos incoherencias.
“El futbol es lo más importante de las cosas menos importantes”, afirmó Pier Paolo Pasolini. Mientras la política no resuelve la vida cotidiana y la farándula banaliza la existencia, el futbol se erige como el último territorio de pertenencia. Es el opio que permite sobrellevar la falta de sentido en los otros escenarios. Y por eso se vuelve feroz. La violencia en el futbol, entonces, no es un exceso pasional: es el síntoma de que en los otros teatros ya no hay ningún tipo de justicia que valga la pena defender.
La gran revelación de este montaje es que los tres escenarios —política, farándula y futbol— han terminado por fusionarse. Un futbolista puede ser juzgado más por su peinado que por su juego; un político consigue simpatía si aparece en un reality show; un artista se vuelve líder de opinión nacional sin haber leído un libro de leyes.
Las fronteras se diluyen porque persiguen lo mismo: la atención como moneda, la emocionalidad como mecanismo de control y la incoherencia como único lenguaje posible. “Nos hemos vuelto tan inconsistentes que consideramos la lealtad a los principios una enfermedad anticuada”, dijo Zygmunt Bauman, en Modernidad líquida.
En el teatro de las incoherencias, el público ha dejado de ser espectador para convertirse en cómplice. Compartimos el meme que ridiculiza al adversario político, consumimos el chisme que destruye la reputación del artista y nos pintamos la cara con los colores del equipo como si de ello dependiera nuestra identidad entera.
Aplaudimos de pie cuando el actor dice lo que queremos oír, aunque al día siguiente diga lo contrario. Hemos naturalizado que las promesas sean decoradas, que la verdad sea un efecto especial y que la ética sea un accesorio que se usa o se quita según la conveniencia del momento.
Quizás el mayor peligro no es que exista este teatro, sino que hemos olvidado que lo es.
Tomamos por real lo que es representación, y confundimos la butaca con la calle. Salir de esta función exigiría un acto de lucidez incómodo: apagar las pantallas, desenmascarar a los actores, recordar que la coherencia no es un lujo estético, sino la base mínima de la confianza humana. Pero mientras tanto, el espectáculo continúa. Las luces no se apagan. El telón nunca cae. Y afuera, en la vida real, seguimos esperando que alguien, por fin, recite un texto que tenga sentido.
Comedia y tragedia al a vez. Como en Tartufo de Molière. Hombres y mujeres sin oficio ni beneficio se han apoderado de los escenarios teatrales. Seres sin probidad ni coherencia alguna que utilizan el servicio público sin la menor intención de servir; sólo la utilizan para satisfacer sus propios intereses.
Hannah Arendt expresaba una idea sobre la coherencia que viene perfecto al caso hablando de este tema: “La coherencia es la última trinchera de la dignidad. Cuando la abandonamos, no es que nos volvamos libres: nos volvemos predecibles con nuestra propia falta de palabra”.
