¿No qué no?

Hace siete años, el entonces presidente Andrés Manuel López Obrador fue lapidado por la opinión publicada, a raíz de la solicitud que planteó al Estado español en el sentido de “reconocer los agravios causados” durante La Conquista y La Colonia.

A pesar de que en dicha misiva el mandatario mexicano concedía que el Estado mexicano también pediría disculpas públicas a los pueblos originarios y comunidades indígenas por haber sido objeto de “discriminación y expolio” por parte de autoridades nacionales en el pasado, la solicitud fue recibida por la Casa Real con una hostilidad inexplicable y sin precedentes.

Dicho acercamiento fue filtrado a los principales medios de comunicación de España, no se ofreció ningún tipo de respuesta oficial, más que el desprecio, y las relaciones políticas entre dos naciones hermanas quedaron congeladas.

Hasta que la confluencia de tres factores extraordinarios dio un giro a la tuerca y, en los hechos, terminó dando la razón a la postura de los gobiernos de la Cuarta Transformación: el giro progresista del gobierno español, acechado por la extrema derecha política y judicial, la coincidencia de posturas entre Estados frente a la masacre en Gaza y las ansias imperialistas de Donald Trump, así como una paciente y exitosa gestión política en la relación bilateral llevada a cabo por la presidenta Claudia Sheinbaum. Me centraré en los últimos dos.

Sin duda, el contexto político mundial generado a partir del retorno radicalizado del empresario inmobiliario a la Casa Blanca ha colocado a España y México en un bloque de naciones con una coincidente postura humanista en torno a las ofensivas armadas en Oriente Medio. Felipe VI se ha manifestado a favor de la creación de un Estado palestino, mientras ha exigido a Israel “parar la masacre en Gaza”, posición totalmente coincidente con la de nuestra cancillería.

Asimismo, España, en voz del presidente Pedro Sánchez, ha sido de los muy pocos países que han plantado cara ante las amenazas comerciales y bravuconerías procedentes de las actuales autoridades estadunidenses. No por nada nuestra mandataria, en una decisión que mostró gran tino, reservó una de sus muy limitadas salidas internacionales para encontrarse con sus homólogos de España, Brasil, Colombia y Uruguay durante la Cumbre en Defensa de la Democracia, que se llevó a cabo hace un par de meses en Barcelona, dando una imagen de unidad desde el progresismo en pleno apogeo del delirio trumpista.

Por otro lado, no ha sido ningún secreto que la reactivación de la relación y el acercamiento entre dirigentes ha sido tutelado por la presidenta Sheinbaum, quien consiguió que la postura desde el otro lado del Atlántico diera un giro radical, mostrado a partir de distintos gestos públicos de los más altos funcionarios de aquel país. Ernest Urtasun, ministro de Cultura, manifestó que su país “debía abrir sin miedo el debate sobre la petición de perdón a México”. El canciller José Manuel Albares reconoció “el dolor e injusticia causados a los pueblos originarios durante La Conquista”. Asimismo, el afamado Premio Princesa de Asturias de la Concordia 2025 fue otorgado al Museo Nacional de Antropología e Historia, en un gesto simbólico interpretado como un paso más en el retorno a la normalización. Y el “cierre de pinza” lo vino a dar el jefe de Estado y cabeza de la monarquía, quien además de acudir en semanas recientes a la exposición Mitad del mundo. La mujer en el México indígena, en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid, aprovechó para declarar que durante el proceso de colonización “hubo mucho abuso y controversias éticas”.

Sin ruido ni estridencias, la presidenta Sheinbaum le anotó una victoria política y diplomática no sólo al movimiento que encabeza, sino a todo el país.