Dos regresos

Dos reapariciones públicas marcaron la agenda e invitan a mirar lo que queda de un presidente cuando deja el cargo. Felipe Calderón regresó a la Ciudad de México para participar en el Foro América Libre, convocado por el PAN y la ultraderecha latinoamericana. Andrés Manuel López Obrador habló desde Palenque, mediante un video en redes sociales, para presentar un nuevo libro, Pueblo, y expresar su respaldo a la presidenta Claudia Sheinbaum. Ambos hablaron el mismo día. Sin embargo, las reacciones generadas fueron muy distintas.

Calderón vive en Madrid. Luego de dejar la Presidencia realizó una estancia académica en Harvard y, años más tarde, consiguió la residencia en España con ayuda de José María Aznar, expresidente del gobierno español y referente de la derecha de aquel país, quien le abrió las puertas del Instituto Atlántico de gobierno. Su distancia de la vida pública mexicana adquirió otro significado con la llegada al poder de la Cuarta Transformación y con el juicio y la condena en Estados Unidos de quien fuera su secretario de Seguridad, Genaro García Luna.

López Obrador tiene su residencia en Palenque y, según cuenta, visita ocasionalmente la Ciudad de México para encontrarse con su familia. También aparece poco en público, aunque por razones muy distintas. Durante años sus adversarios aseguraron que buscaría reelegirse para permanecer indefinidamente en el poder. Como eso no ocurrió, pasaron a decir que gobernaría desde su retiro, en una reedición del Maximato de Calles. Que su sucesora, la doctora Claudia Sheinbaum, fuera una mujer dio vuelo al machismo de quienes no podían reconocerle capacidad para gobernar por sí misma. Así que el exmandatario y fundador de Morena dejó el cargo y se apartó de la actividad pública para entregarse a la reflexión.

El regreso del panista estuvo acompañado por protestas de extrabajadores de Luz y Fuerza del Centro, quienes no olvidan la violenta extinción de la empresa decretada durante su sexenio. Dicha movilización llegó hasta Los Pinos, donde los manifestantes destruyeron su estatua. La presidenta Sheinbaum condenó los hechos, como corresponde frente a cualquier acto de violencia. Pero el episodio también deja ver que, casi 14 años después de haber dejado la Presidencia, Calderón sigue despertando un profundo rechazo entre quienes padecieron sus decisiones.

En cambio, la reaparición de López Obrador fue recibida con entusiasmo por sus simpatizantes. Volvió para compartir un nuevo libro, después de que Grandeza fuera un rotundo éxito en ventas, y aprovechó el mensaje para despejar las versiones de una ruptura en el núcleo del movimiento, que algunos voceros de la derecha se empeñan en alimentar. A la Presidenta le dedicó Pueblo y la describió como la mejor en su puesto de todo el mundo. Para quienes llevan meses buscando señales de distanciamiento, sus palabras dejaron poco margen a la interpretación.

El contraste también alcanza a sus partidos. En Morena, el legado de López Obrador sigue siendo motivo de orgullo y una referencia para sus militantes, representantes populares y funcionarios. En el PAN, hasta sus últimos dos candidatos presidenciales marcaron públicamente distancia del michoacano, un lastre que resta mucho más de lo que suma. Reivindicar su sexenio exige explicar cómo su guerra contra el narcotráfico tuvo al frente a un hombre que trabajaba para un cártel de la delincuencia. Ningún discurso sobre democracia y libertad puede borrar esa contradicción.

Ambos dejaron la Presidencia, pero el legado de cada uno sigue presente en la memoria de los mexicanos. Sus regresos lo hicieron visible. A López Obrador se le recibe con afecto e interés por lo que todavía tiene que aportar. A Calderón lo persiguen las consecuencias de sus decisiones y las heridas que dejó abiertas en nuestra patria.