A unas horas de que arranque el Mundial, la imagen de Clara Brugada sigue a pique, y no sólo porque su popularidad se derrumba, sino que, por primera vez, la percepción ciudadana sobre la calidad de vida en la CDMX se ha desplomado dramáticamente.
La llamada Reina de los Ajolotes vive en una realidad alterna: cree que está innovando y que los ciudadanos que le exigen gobernar en lugar de maquillar calles con pintura lo hacen sólo para molestarla.
Parece que no le hizo nada bien el viaje que, en agosto de 2024 —aún como jefa de Gobierno electa— hizo a Colombia con su equipo de transición y alcaldes electos para conocer los modelos exitosos de gobierno, infraestructura y cohesión social de aquellos lares.
Cuando fue alcaldesa de Iztapalapa se había fusilado las Utopías y el Cablebús, pero en 2024 quedó maravillada con el desarrollo urbano y comunitario en Bogotá, y el urbanismo social de Medellín, que redujo la violencia y revitalizó los barrios.
Tan encantada regresó que decidió replicar esos modelos en la CDMX; pensó que sólo tendría que dar copy paste y listo. Olvidó que, en esas ciudades, antes de pintarlas se hizo una gran intervención para mejorar la calidad de vida en sus barrios.
Quienes conocen Medellín —por ejemplo— saben que es una ciudad naranja, combinada con el verde de su vegetación, y que La Comuna 13 pasó de ser uno de los barrios más violentos y peligrosos del mundo, a un modelo global de resiliencia y turismo urbano.
Su transformación se logró gracias a la intervención social, el arte urbano y la innovación en el transporte; es como si Tepito se volviera de repente un atractivo turístico. Pero Brugada sólo logró una mala copia de las buenas cosas que ha hecho Colombia.
Hay que trabajarle duro antes de pintar ajolotes, porque si la ciudadanía sigue viendo baches, inundaciones, tráfico, inseguridad, extorsiones y un pésimo transporte, claro que protestará contra la ajolotización.
La doña se siente visionaría, de avanzada, y lo único que ha logrado es irritar más a los capitalinos, que hoy muestran desánimo por su ciudad. Tendría que preocuparle el creciente rechazo hacia ella, pero todo indica que Clara está fuera de la realidad.
En modo fan, se empeña en maquillar la CDMX para el Mundial, sin importar que los capitalinos perciben que la calidad de vida en su ciudad —que antes era un orgullo— se ha desplomado.
De 0 a 10, 53% califica la calidad de vida abajo de 5, y 46% la considera pasable; apenas en marzo, 70% la aprobaba.
Mientras, la doñita del Ayuntamiento se ufana de haber logrado la ola humana más grande del mundo, que bien podría sumar a la ola de asaltos, la ola de extorsiones y las olas que forman los encharcamientos, por ejemplo.
CENTAVITOS
El secretario de Gobierno, César Arnulfo Cravioto, se puso en modo botarga con un video donde comenta que tenía tos y que en la farmacia le recomendaron el jarabe Ajolotius, y pidió a todos los capitalinos que lo tomen para que no la hagan de tos por la pintura que el gobierno esparce por la ciudad. Si Arnulfo intentó probarse como standupero o sólo quiso ser patiño, hizo un monumental ridículo. Tiene la gracia de una esponja de mar —sin cerebro, corazón ni sistema nervioso— y no faltan los que dicen que en la farmacia no leyeron bien la receta, pues decía desapendejil compuesto, y si era en inyecciones, mejor, para un rápido efecto. Ni para Payasito Malvavisco sirve el funcionario.
