El musical Ni tú ni yo, la obra prohibida
Bienvenidos al FamaSutra. Aquí somos libres de humo, no nos reservamos el derecho de admisión y ponemos a los famosos en todas las posiciones. Hoy quiero contarles sobre el musical que acabo de ver, el prohibido, el que Iván Aguilera, heredero de Juan Gabriel, logró ...
Bienvenidos al Fama-Sutra. Aquí somos libres de humo, no nos reservamos el derecho de admisión y ponemos a los famosos en todas las posiciones.
Hoy quiero contarles sobre el musical que acabo de ver, el prohibido, el que Iván Aguilera, heredero de Juan Gabriel, logró boicotear en dos ocasiones anteriores y que, este fin de semana, pudo salir a escena rompiendo varios moldes para ello.
Ni tú ni yo, la puesta que originalmente se iba a llamar Alberto, el musical, estrenó a pesar de las advertencias y amenazas. El lugar no fue un recinto teatral conocido, sino el espacio que garantizaría su presentación: adecuaron un estudio de filmación en Miramontes. Todavía el viernes se sabía sólo la fecha del estreno, pero no la dirección. Y no era para menos. Dos lugares faltaron al contrato y el último (el Pepsi Center) hasta les regresó la lana tras rajarse y cerrar sus puertas el mero día del estreno.
Sin embargo, sortearon las fechorías y se abrió el telón. No voy a spoilear ya que, de corazón, sigo sin comprender el hilo conductor de esta muy, pero muuuy, original propuesta. Lo que sí me permitiré decir es que este fin de semana estuve frente a un espectáculo único en muchos sentidos. Para empezar, la actriz Lisset hace un papel cómico-tétrico-musical como nunca antes la hemos visto.
Ernesto D’Alessio, siendo Ernesto D’Alessio (me encanta por papatzulli, pero no me sorprende), es el primer tentado en una lista de historias cortas en las que se plantea el drama y llega la oportunidad de canjear el alma a cambio de un cambio. Pa’ mí que la compañía hizo de su idea original un remendado con lentejuela y canutillo.
Al principio se plantea la muerte de un grande y luego sale un joven cantautor conquistando la esencia de un ser oscuro que se jura regresar al finado al mundo de los vivos, pagando a cambio las almas de quienes acepten aflojar la eternidad por una noche de amor, de aceptación, de justicia, etcétera.
Yo supuse que el ser lúgubre de zapatillas de tacón, capa gótica y palancas con San Pedro era la versión ópera rock de la calaca, pero luego de que se empacara varias almitas hay una situación impredecible que rompe con la lógica del planteamiento.
Pero con esto no quiero perder el tiempo buscando tres patas al gato cuando lo que vimos es un cohete volador. Ni tú ni yo no se trata de una obra musical. Se trata de cómo 18 temas que han sido clásicos del Divo de Juárez desde hace más de 40 años pueden sonar tan distinto.
Este musical desafía no sólo la cerrazón de Iván Aguilera, sino nuestra propia idea de los alcances que pueden tener las canciones de Juan Gabriel. En un mundo oscuro donde la muerte sale a negociar el precio de las almas, lo inevitable se va de paseo por La frontera; la aceptación aparece en peluca y plataformas cantando:
“Bésame,
¿a quién le tienes tanto miedo?
Bésame”.
Mientras Michelle Rodríguez se contoneaba regia en leotardo al ritmo de No tengo dinero, yo volteaba a ver a un público, en su mayoría de 50 y más, sorprendido. Nada que ver con Juanga, pero al mismo tiempo todo que escuchar.
Yo creo que si El Divo, quien en vida aprobó y hasta participó en la película musical ¿Qué le dijiste a Dios?, hubiera visto esta obra, hasta habría ido a develar placa. ¿Qué le dijiste a Dios? es un capítulo de La rosa de Guadalupe en comparación con esta descabellada propuesta.
Sé que dará de qué hablar; casi me anticipo a las críticas y coincido en que hay muchas cosas que corregir, como el innecesario apoyo de coros cuando su elenco se distingue por cantar maravilloso, o los diálogos que no llevan a nada. Pero les aseguro que vale la pena presenciar la puesta en escena de una rebeldía, el logro de una resistencia.
Yo tengo muchos años siguiendo la carrera, la vida y la muerte de Juan Gabriel. He criticado duramente a su heredero por anteponer los pesos al legado, por aprobar hologramas chafas y obras “circenses” mediocres en aras de cobrar derechos. Y les digo que Ni tú ni yo, a pesar de ser lo que quedó después de que la censura les mochara idea, guion y libertad artística, ofrece números de calidad, con 30 bailarines en escena. Si es un disparate, pues se dice en voz alta y con ganas de que todos los escuchen.
Leonardo DiCaprio no existiría si el actor hubiera cedido a la exigencia de su mánager de llamarse Lenny Williams. Salma Hayek en su visita a México dijo que sus maestros al inicio de la carrera no le auguraban éxito, ya que su nombre no sonaba latino.
Ni tú ni yo no pudo defender su nombre, ni siquiera pudo sostener su argumento original. Lo que sí está defendiendo es su derecho a existir, a respirar en el mundo de los vivos, de los proyectos que pueden ser odiados o aplaudidos, pero no silenciados. Deseo con mi corazón y crítica que haya butacas llenas, temporada larga y el torzón correspondiente a quienes boicotearon el trabajo legal y gestionado de todas las personas involucradas en esta locura de sonar las de Juanga en un contexto fumado, tal vez, pero genial. Eso ni cómo discutirlo.
Que tengan una linda semana y recuerden: todos somos una obra de arte única, aunque sea en los recuerdos de alguien.
