“Nunca desperdicies una crisis seria”, aconsejaba Rahm Emanuel, para quien las crisis permiten hacer lo que antes parecía imposible. Francia tiene hoy suficientes problemas para poner a prueba esa oportunidad.
Detrás de las barricadas hay una pregunta financiera: ¿cómo preservar el Estado de bienestar que tienen cuando sus compromisos crecen más que los recursos para pagarlos? Reportes financieros señalan que el déficit francés alcanzaría 5.4% del Producto Interno Bruto (PIB) en 2026, frente a 5.1% en 2025. Para 2027, el gobierno propone ahorrar 54 mil millones de euros y reducirlo a 5%; sin esas medidas, llegaría a 6.4 por ciento. Aún con el ajuste, deberán seguir pidiendo prestado para cubrir una parte considerable del gasto, pues un boquete de esa magnitud se atiende poco a poco.
La apuesta depende, además, de una economía que coopere. El presupuesto francés contempla crecer 1%; expertos estiman 0.8 por ciento. Parece una diferencia menor, pero menos actividad significa menor recaudación y más dificultad para cumplir las metas. Recortar demasiado rápido también puede debilitar la economía y frustrar el ahorro esperado. La discusión exige algo más que elegir entre austeridad y generosidad.
Los acreedores de Francia ya cobran la incertidumbre. Reportes del mercado indican que, al cierre de septiembre, la diferencia entre los bonos franceses y alemanes a 10 años superó 140 puntos base: 1.4 puntos porcentuales adicionales. Ese sobrecosto se incorpora gradualmente al refinanciar vencimientos y emitir deuda nueva. Cada euro destinado a intereses compite con escuelas, hospitales e inversión; también puede encarecer el crédito de empresas y familias.
La situación en las calles agrava esa ecuación. El 24 de octubre se manifestaron 410 mil personas, según las autoridades, y cerca de 800 mil, según estimaciones sindicales. Las demandas por mejores servicios son legítimas; la violencia perjudica precisamente la actividad que permite financiarlos porque genera nerviosismo entre los actores económicos. Cierres, cancelaciones y ventas perdidas erosionan ingresos privados y públicos, mientras aumenta la presión para abandonar el ajuste.
México ofrece un contraste incómodo en esta materia. Reportes internacionales señalan que, en 2024, los ingresos tributarios de Francia (una economía mucho más grande en general y con un nivel de recaudación mucho más alto) y México, incluidas las contribuciones de seguridad social, representaron 43.5% del PIB francés y 18.3% del mexicano: una brecha de 25.2 puntos. Francia demuestra que recaudar mucho no garantiza equilibrio; México tampoco puede prometer servicios comparables con una base fiscal tan estrecha. Para ambos, el debate debe incluir quién paga, cómo se gasta y qué productividad genera ese gasto.
La oportunidad francesa consiste en negociar un ajuste gradual y creíble, proteger la inversión y repartir costos con transparencia. Una política exitosa necesita construir acuerdos que sobrevivan al siguiente presupuesto. Para México, la advertencia llega a tiempo: los derechos sociales requieren ingresos permanentes y crecimiento, además de voluntad política. El verdadero trompe-l’œil será confundir la resistencia a recortar gastos con la capacidad de seguir gastando.
PA’L GORDITO
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